Monstruos que retozan en este sitio:

viernes, 31 de octubre de 2014

Tavo

Me invitaron a leer en el Colegio Laura Vicuña. La experiencia fue asombrosa.
Me encontré con un grupo de alumnos que, no sólo escucharon con mucha atención, sino que lograron crear un clima extraordinario. Me sentí muy cómoda con ellos y espero haber estado a la altura de lo que esperaban de mi.
Antes de irme uno de ellos se acercó para pedirme si podía escribir un cuento con él como protagonista.
Aquí está el texto.

TAVO

A Tavo le gustaba fabricar cosas con sus propias manos y regalarlas.
Los objetos que producía eran una mezcla extraña de elementos de la tierra que convergían casi de manera surrealista, formando esculturas abstractas.
Cuando las obsequiaba lo hacía con esa sonrisa extraña que lo caracterizaba. La mirada producía sentimientos oscuros, el que recibía el presente, lo hacía con entusiasmo pero sin saber qué hacer ante esos ojos que escudriñaban buscando algún tipo de reacción.
Era difícil mirarlo y no quedar un poco perdido en los miasmas de sustancias crueles.
Sus esculturas eran hermosas, pero cubiertas de un vaho que recordaba lo lúgubre, lo incierto.
Cuando se las colocaba en las casas, solían desaparecer por ratos apareciendo en los lugares menos pensados.
Ninguno lo admitía por miedo a pasar por ignorantes, pero creían que tenían vida propia.
Lo que nunca llegaron a presentir era la verdad que se escurría durante las noches y que ninguna cordura podría tolerarlo.
A Tavo le gustaba fabricar cosas con sus propias manos y regalarlas. Lo hacía porque ansiaba ser un ente omnipotente, un demiurgo de las sombras.
En cada una de sus esculturas una astilla de su esencia se escondía.
Con los años y con cada regalo, el muchacho parecía verse más delgado, perdía color, calor, a veces parecía ser transparente, hasta que un día… dejaron de verlo.
Y los objetos no pararon de moverse. Ya la gente no dudaba, era evidente que tenían vida, aunque todos ignoraban lo que realmente estaba sucediendo.
Tavo aún existía y lo hacía con mayor fortaleza, alimentándose de los sustos, socavando en la psiquis de los dueños de sus regalos.
Tavo reptaba de noche, invadiendo cuartos y robando pesadillas, aspirando el terror que fluía de los durmientes, haciéndose más grande, más sabio, más terrorífico.
Una noche las ventanas de todas las casas que poseían los recuerdos del muchacho se abrieron con fuerza, produciendo grietas en las bisagras, y aquellos que estaban despiertos lograron ver un ente oscuro que se escapó con una velocidad asombrosa, reptando hacia el monte que se levantaba cerca.
De ahí en más, los objetos pasaron a ser sólo eso. Nunca más se movieron.
Pero desde el corazón del bosque se sienten murmullos, a veces la tierra late, hay una energía extraña que hace huir a las tarántulas y víboras.
La gente a veces se queda mirando los árboles, como esperando que en algún momento emerja algo.
Todos lo piensan, pero nadie lo acepta en voz alta.
Tavo es ahora otra cosa y se prepara para regresar.

martes, 3 de junio de 2014

Correas

Claro y perturbador.
Digirió la imagen de la mujer que cruzaba las piernas mientras le pegaba un tirón a la correa y se sintió a salvo de los amos tiranos.
Toda ella exudaba fuerza, el rictus en los labios demoledores era una grotesca fisura de odio y hermetismo. La veía allá arriba y se mordía las uñas para sofocar el deseo de arrastrarse un poquito y tocar el taco del zapato que se hundía unos centímetros en la piel de la mascota.
Parecía un hombre pero no era más que un adolescente ajado.
La correa le apretaba la traquea y las rodillas tenían callosidades gruesas que no dejaban penetrar fácilmente las piedras.
Usualmente no sentía pena de sus pares, pero éste era diferente. Se lo veía feliz a pesar de todo lo que decía la imagen.
Ella, allá arriba, bajó una mano blanca que el lamió con gusto. La perfección de la piel no hacía otra cosa que destacar el muñón deforme del dedo meñique.
La miró nuevamente y encontró que el odio rayaba el terror.
La mascota se deleitaba lamiendo los dedos y mordisqueaba por ratos los demás.
Era inevitable armar historias en torno al duo y estuvo a un tris de acercarse a él para preguntarle que había sucedido cuando ella misma se sintió llamada con un tiró de su correa.
Se dió media vuelta molesta y miró a su amo que sin importarle su curiosidad sobre mascotas que parecían revelarse y abrir un abanico de rabiosas revoluciones, la tironeaba para que caminara a su lado.
Los miró por última vez. Él seguía mordisqueando los dedos colorados y un hilo rojo de baba comenzaba a deslizarse por la cosmisura derecha.
Tragó saliva y miró la mano de su propio amo.
Tenía hambre y ganas de elevarse sobre sus dos piernas para ver que tan alta era.
-No quiero- gritó ella.
Él bajó la mano para tomarla del cabello y ella sonrió agradecida por el hilo de baba roja que acababa de despertarla.

martes, 27 de mayo de 2014

La claraboya


La habitación estaba en el último piso.
Esta tenía un techo bajito y el padre no había tenido mejor idea que colocar una claraboya en él para que el sol las iluminara durante el amanecer, lo que no consideró eran las noches y los monstruos que apoyaban la cara en el vidrio y se pasaban horas observándolas con lujuria.
Todas las mañanas la claraboya era limpiada porque el rocío dejaba unos dibujos extraños, en realidad el líquido era el residuo de la actividad onanista de los visitantes, y los dibujos: tan sólo las patitas patinando en sus mismos fluidos.

viernes, 23 de mayo de 2014

La última fiesta


La morbosa obsesión por los monstruos me había caracterizado siempre. No podría hablar de un punto de inicio, lo mío fue más bien innato y vitalicio. Lo llevaba en el ADN, tal vez era una obsesión atávica. Si conociera a mis ascendientes buscaría en sus vidas para encontrar la procedencia de la semilla.
Era necesaria tal explicación para que se comprendiera porque luego de existir entre deformes, asesinos, degenerados y parias hubiese llegado a esta instancia de vacío emocional.
Ya nada puede helarme la sangre.
Me encuentro inerte.
He intentado regresar a mis raíces y re-descubrir esa sensación de vida que supe tener. Comencé enterrando aves en el jardín de mi casa, seguí por los gatos en los roperos y vírgenes bajo mi cama. Salí a  las andadas con antiguos amigos que se sumergían en las cloacas sólo para evitar sentirse contaminados con el olor a humano promedio y nada resultó.
Luego de cuatro décadas de horrores me encontré tan muerta como las cucarachas reventadas que decoran mi almuerzo. Será por eso que la sangre en mis nudillos me resultó tan erotizante, la abulia había llegado a niveles asombrosos  no había otra emoción en puerta que me hiciera sentir tan viva como el deseo de pronto estar muerta.
Siento que estoy cerrando un círculo de manera exitosa.
Mi propia sangre en el piso me sirve para escribir y aunque el texto no resulte horroroso seguramente el panorama que dejaré será devastador.
Me siento a ingerirme mientras dejo que mis libros de terror, abiertos en sus capítulos más espeluznantes, absorban mis fluidos en una sopa hemática que sacia con sólo presenciarla.
Voy a extinguir esta presencia física que reptó por cementerios en busca de una belleza que pocos saben apreciar y formaré parte de las hojas en una orgía casi poética.
Mis demonios deformes y los fantasmas de mis muertos escondidos en los rincones de mi casa se acercan para observar el deceso.
Son tan hermosos y se ven tan felices. Veo correr el vino y sé que festejan en mi honor.
Mientras me apago quiero que una virgen me vierta alcohol directamente en la garganta y que un eunuco se recueste en mi pecho y llore con los últimos latidos.
El éxtasis de mi propia sangre me sorprende ¿Cómo pude vivir tanto sin haberla probado antes?

martes, 13 de mayo de 2014

No!!


-No- le gritó el cuco malo y la niña retrocedió mordiéndose los dedos.
El cuco tenía un enorme sombrero caído sobre los ojos rojos y ella podía ver, desde su escasa estatura, como sobresalía por entre los labios un colmillo flojo.
Miró a los costados, pateó unas piedritas imaginarias, pero se tentó nuevamente y sin disimulo extendió los deditos.
-No- volvió a gritar el cuco histérico mientras se lo tocaba con la lengua provocando un vaivén dental.
La pequeña retrocedió con la intención de cerrar el ropero y regresar a la cama.
Pero no se les niegan cosas a las niñitas dulces de aspecto sonrosado, el monstruo como buen malo de todo cuento tendría que haberlo sabido. ¿O no? ¿O será que como en todo, los cucos, fantasmas, hombres lobos y otras malas yerbas también llegan al cenit sólo a base de experiencia? El cuco se disponía a ir al dentista que vivía en la zona más oscura del ropero cuando la puerta se abrió tan deprisa que no hubo tiempo ni para levantar las garras en señal de defensa. La niña le mordió los labios y las encías extrayendo el diente y una pequeña parte de lengua también. Lo dejó gritando en medio de un charco negruzco. El color de la sangre la distrajo un par de segundos, pensó en que su madre se enojaría cuando descubriera la ropa manchada y seguramente le echaría la culpa. Pero luego de escupir lo innecesario y levantar en alto el premio, olvidó el inconveniente de las camisas y sábanas sucias, y regresó a su cama.
Era su cuarto colmillo y el primero que, por estar flojo, era extraído de una sola mordida.
Se sintió tan complacida que no lo guardó en su cajita de objetos negados sino que durmió con él, lamiéndolo de vez en cuando, encantada con el gustillo agrio, jugando con la lengua con unos cuantos hilos rojizos que colgaban del diente.
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