Monstruos que retozan en este sitio:

jueves, 27 de septiembre de 2012

LA CENA en INFAME

La revista INFAME publica en su edición número 4, uno de mis cuentos: LA CENA (pag. 28)
desde ya gracias a la revista por la publicación y a ustedes por pasar y leer!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
http://www.scribd.com/doc/107290184/Numero-4-Locura-Infortunio-de-una-mente-retorcida#fullscreen


Número 4: Locura "Infortunio de una mente retorcida..."

lunes, 24 de septiembre de 2012

EL VIAJE


El viaje tendría que haber sido de placer. Una experiencia inolvidable, pero por lo grata y no por el horror que despertó en mí.
Cuando me perdí en la indómita selva, debo admitir, que por un tiempo razonable me sentí una mujer con suerte a punto de vivir su más grande aventura, no sentí temor, mi irresponsabilidad innata me lleva a meterme en toda clase de situaciones incómodas o peligrosas sin medir las consecuencias.
Los conocimientos adquiridos en técnicas de supervivencia me ayudaron a pasar los dos primeros días sin mayores inconvenientes... hasta que los encontré.
Vivían en lo más recóndito del monte y no tenían contacto con otros seres.
Se asombraron tanto al verme como yo de encontrarlos.
Exteriormente no se diferenciaban del humano promedio, salvo algunas características tales como el color de la piel: rojiza, tan parecida a la tierra que si se tendían sobre ella uno pasaba sin advertir su presencia. Carecían de cabello y los ojos amarillos (como si tuvieran alguna falla hepática) estaban coronados con un iris naranja.
El primer día fui acogida por una vieja que me llevó a una choza, y acomodó en un rincón una serie de mantas que sirvieron de cama. Ella se sentó en la entrada y vigiló mi sueño. Durante la noche desperté con su cuerpo que se movía de un lado al otro, se le escuchaba el ruido del estómago e imaginé que tenía hambre. Con los ojos acostumbrados a la oscuridad la vi salir e incorporándome la seguí.
La vieja se desnudó en la entrada y caminó un par de metros por medio del monte hasta encontrar en un claro la choza vecina, se paró frente a ella y maulló. Fue un sonido intenso y sorpresivo que me erizó los vellos de los brazos.
Un niño salió hipnotizado por el grito y cuando estuvo cerca, el cuerpo de la vieja cayó abierto. Era como si la piel se hubiese destruido y los huesos evaporado. Podía ver perfectamente los músculos, los intestinos, el estómago, los pulmones, todo amontonado en un saco sanguinolento. La criatura caminó sin pestañear y cuando pisó el caldo sangriento despertó con un grito desgarrador. Nada pude hacer, el niño se deshizo, lo vi caer en una nube de humo con un olor tan nauseabundo como perturbador. No alcancé a hacerme a un lado para vomitar, lo hice sin moverme, ensuciando la ropa con mis jugos estomacales.
El cuerpo de la vieja poco a poco comenzó a recomponerse, se elevaron los órganos colocándose cada uno en su lugar, burlándose de toda ciencia biológica o teoría de gravedad. Lo último en encontrar su posición primigenia fue la órbita del ojo derecho, y lo hizo sin perderme de vista. Una vez rehecha me contempló silenciosa y se acercó, con el vientre hinchado, evidentemente satisfecha.
¿Imaginarían que corrí? ¿Que grité? ¿Que intenté dañarla o defenderme?
Imaginan mal.
Quedé paralizada, esperando que se acercara y me consumiera.
La vieja se tomó su tiempo, inclinaba la cabeza de un lado al otro como intentando descifrar que hacía yo a esa hora siguiéndola, y cuando creyó solucionar el acertijo se acercó, ahuecó las manos y haciendo unas arcadas regurgitó un par de deditos pequeños y unos cuantas lonjas largas de carne que le quedaron colgando de la boca, adheridas al mentón.
El ritual de alimentación fue más fuerte que mi cordura.
Grité tan demencialmente que la vieja retrocedió alarmada, y aproveché para huir.
¡Corrí tanto! ¡Lloré tanto! Me encontraron a la mañana siguiente desvanecida en un claro de la selva muy cerca del lugar de donde partí.
Me costó hablar y me dolía recordar. Por momentos creía que tal vez todo había sido producto de una mente cansada y que desvariaba por el hambre y la deshidratación, pero los recuerdos regresaron tan nítidos como aterradores cuando encontré mi ropa sucia, con olor a vómito y un dedito pulgar pegado en una de las mangas.

viernes, 14 de septiembre de 2012

lunes, 10 de septiembre de 2012

LA FISURA en Revista PENUMBRIA

La Revista digital PENUMBRIA publica en su edición número cuatro, uno de mis cuentos: LA FISURA (pag. 17). Gracias!




miércoles, 5 de septiembre de 2012

Las aves

-¡No vuelvas!- advertía el cartel de salida.
¡Pero él recién llegaba!
No podía dejarse amedrentar por una madera pintada con una leyenda amenazante.
Se ajustó la mochila a la espalda y acomodándose la remera hizo el paso que hacía falta para cruzar la línea imaginaria que separaba al mundo, del pueblo en el que ingresaba.
Un aleteo grosero le obligó a girar la cabeza de manera alarmante, haciéndo crujir los huesos de la nuca. Cuatro aves negras devoraban un chancho.
Se quedó perplejo, parado en mitad del camino con las piernas flexionadas, listas a correr o caer bajo el peso de su cuerpo aterrorizado.
No podía dejar de mirar la escena truculenta, los picos que se hundían de manera salvaje, destrozando la piel. Casi parecía que la estuvieran destejiendo, sacándola por hebras, deshilachándola para poder llegar a la carne tierna, caliente, sabrosa. Le llevó unos cuantos segundo advertir la respiración dificultosa del animal agonizante. Fue el quejido el que lo sacó de su sopor, una especie de chillido o llamado de auxilio.
El animal estaba siendo devorado vivo.
La naturaleza se regodeaba en su ciclo sanguinario, la podía ver casi sonriendo de costado, sentada a su lado, mirando la escena, aplaudiendo cada picotazo hondo, cada hemorragia producida.Como ser pensante y superior tenía que hacer algo, estaba en su deber de hombre civilizado demostrar el error en ese exabrupto sanguinario. Se decidió y avanzó corriendo, gritando, moviendo los brazos de un lado al otro en un intento frustrado por ahuyentar a las aves de rapiña que sólo levantaron vuelo para cambiar de festín.
Cuando las vio venir, gritó. Sentía como las garras, en vuelo rasante, pasaban desgarrándole la piel. Una mirada hacia el cielo para ver a sus atacantes le costo un ojo, el último grito: un pedazo de lengua.
Desangrándose, aterrado, huyó golpéando con el hombro al letrero que giró sobre si mismo develando una segunda leyenda, en la cara contraria, que gritaba: LOS DIOSES MANDARON UN CASTIGO. ¡ELLOS ESTÁN CON HAMBRE!
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