Monstruos que retozan en este sitio:

viernes, 22 de junio de 2012

Objetos perdidos


¿No te pasó en algún momento que pusiste algo sobre la mesa y cuando regresaste a buscarlo, ya no estaba? ¿Qué luego de revolver la casa y regresar al primer lugar te diste con la sorpresa de que aparentemente nunca se había movido de ahí? A muchas personas les pasa… ¡a Rebeca le pasó!

Entró corriendo al departamento y colocó los lentes oscuros sobre el escritorio, se apuró al cuarto contiguo, sacó una campera del armario y regresó. Cuando se acercaba notó que los lentes faltaban. Se paró en seco en medio del comedor y miró a su alrededor.
No estaban.
Llevó una mano a la boca y mordió la uña.
¿Dónde los había dejado? ¿Qué es lo que había hecho ni bien entró?
Tamborileó los dedos sobre el lugar que creía debían estar y regresó al cuarto anterior siguiendo el camino que había realizado uno segundos antes.
Nada.
Maldijo en voz baja y miró la hora, regresó al comedor y se detuvo cerca del escritorio pensando en que debería partir sin ellos y que tal vez de regreso, más serena, recordaría mejor.
Estaba mordiéndose otra uña mientras meditaba sobre esto cuando con un impulso que ni ella sabría explicar, se dio media vuelta repentinamente sólo para encontrar una manito grisácea, con dedos largos y delgados, ¡poniendo los lentes en su lugar!
La mirada inmediatamente se dirigió a la criatura. Sus ojos se encontraron. Los marrones de ella de pupilas dilatadas, con los enormes ojos blanquecinos de él que le abarcaban prácticamente la mitad de la cara.
Rebeca no se movió… ¡tampoco podía! Las piernas le temblaban visiblemente, el corazón le palpitaba tan aprisa que parecía rebotar dentro del pecho.
La criatura por su parte todavía tenía la mano en el aire sosteniendo los lentes. Era pequeño, de unos cuarenta o cincuenta centímetros, piernas largas en comparación al torso y brazos huesudos que llegaban hasta el piso, arrastrando al caminar algunos dedos.
El pánico llegó a su punto cumbre y se le llenaron de lágrimas los ojos, cuando toda la visibilidad era acuosa, parpadeo. Fue solo un parpadear, pero que bastó para que la criatura desapareciera.
Rebeca intentaba llevar aire a su sistema inhalando y exhalando con desesperación. Recorrió con la mirada su entorno buscando a la criatura, tenía miedo de caminar, de mirar, de gritar.
No había sido una ilusión óptica, se aseguraba, cuando la idea quería penetrar su mente.
¿Que pasaría ahora? La mataría. ¡Si! Hoy perdería la vida en manos de ese engendro.
Imaginó que podría salvarse si gritaba y corría pidiendo ayuda, pero dudaba de sus piernas y su capacidad de articular palabra.
De todas maneras, no podía, ni debía seguir razonando sin actuar.
No tenía fuerzas en las piernas pero aun así corrió tambaleándose hacia la entrada. Cuando faltaban dos pasos sintió unas manitas frías y huesudas que le tomaban una pierna. Gritó espantada cuando caía y enmudeció cuando la cabeza golpeó de lleno en la puerta.
La mujer intento levantarse y luchó por ello cuando a través del cabello que le tapaba los ojos lo vio acercarse.
El ser, cauto, se sentó a su lado. Al mirarla tirada en el piso, casi de costado y ya sin ánimos de luchar por levantarse, supo que podía tomar hasta su último aliento sin temor a perder el suyo. Sintió curiosidad, se acercó y de improvisto la golpeó en la cara emitiendo un sonido gutural que terminó por horrorizar a Rebeca.
La mujer comenzó a gritar con la boca inmensamente abierta y los ojos desorbitados. El ser retrocedió unos pasos sólo para tomar impulso y abalanzarse sobre sus hombros y mordisquearlos con las encías desdentadas mientras le levantaba la cabeza y la golpeaba contra el piso, casi con gozo y sevicia.
Cuando Rebeca despertó en el hospital, su madre y un médico le contaron sobre lo que supuestamente había sido un accidente. Caída, cabeza, puerta, hematoma. Comprendía lo que le decían, se trazaba mentalmente un plano de lo que pudo haber ocurrido y que no recordaba.
Todo estaba en orden, pero algo intrínseco la inquietaba.
Desde ese día cuando pierde algo inexplicablemente, no vuelve a buscarlo. Si no está, no existe. A veces, con un accidente, la personalidad puede llegar a verse ligeramente modificada... ¡¡y ni hablar del horror que siente ahora por los cuentos mágicos que hablan de gnomos o duendes!!!

9 comentarios:

peregrino dijo...

Bueh has logrado que no vuelva a buscar nada que se me haya perdido... Muy bueno Escarcha, me gustó mucho como describís los tics y de cuentos de gnomos ni hablar... Un abrazo

chalyvera@gmail.com dijo...

Muy pero muy bueno, felicitaciones, me encanto.


Besos

Bee Borjas dijo...

Te dije que le tengo un miedito especial a los gnomos, duendes y demases seres mágicos y pequeñitos??? Coincido con Osvaldo, ni a palos busco algo que no encuentro!!! Qué aparezca solo! Excelente, amigaza!!! Besos, genia!

Pedro Sánchez Negreira dijo...

Este relato destaca porque has sabido mover el fuelle argumental de una historia difícil, Escarcha. Considerando lo fantástico de su trama, en ningún momento se te escapa la verosimilitud de la historia. Al final, nos quedamos dudando de la salud mental de la protagonista.

Gran trabajo.

Un abrazo,

Patricia Nasello dijo...

Auch, suerte que me has alertado, amiga!!!
Te diré que algo he visto yo también... debería estar cuidándome?
Y estos hematomas, que no sé de dónde me salen. Voy a consultar a la vieja Cándida, ella seguro tiene la respuesta.

Gracias por escribir, Escarcha

Un beso enorme

libros de autoayuda pdf dijo...

Gracias por seducir a tus visitantes con tu original estilo. Beso!

Little Moon. dijo...

Fantástico , sinceramente fantástico ,la verdad es que a mi algunas veces me pasa , de ahora en adelante lo pensare mucho mejor ,ja,ja,ja un relato muy bueno Escarcha , te deseo un feliz fin de semana besos de Lm.

LA ZARZAMORA dijo...

No vuelvo a buscar mis gafas en la vida...
Sonrío.

Tus descripciones son de una angustia vital espeluznante.
De lo más nimio logras crear una historia.

Un beso.

Carlobito dijo...

El bicho huesudo parecía muy vulnerable, fácil de espantar, pero el miedo anula todo... he sentido ese efecto en sueños, el no poder gritar ni correr, es una sensación muy desesperante.

Me gustó mucho el cuento amiga, cuando pierda algo voy a intentar capturar al engendro, sería mi mascota ideal jeje.

Un abrazo

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