Monstruos que retozan en este sitio:

miércoles, 7 de julio de 2010

TODO POR ELLA (seguimos)

Cándida llega a las nueve de la noche y lo encuentra cocinando.
El olorcito a sopa se esparce por todo el habitáculo.
Se siente cansada pero igual pone su mejor cara y lo besa.
Lautaro revive.
Esos besos lo mantienen fuerte.
Él arma y desarma el tiempo antes sus ojos. Hunde y naufraga el caos del universo ante los pechos desnudos de la joven amante. Escupe al infierno y decapita a Dios por el sólo contacto de esa tibia entrepierna.
Todos sus logros y fracasos son homenajes para su divina deidad.
Cándida se lava las manos y se sienta a la mesa.
Lautaro acerca dos platos de sopa y se acomoda junto a ella. Se toman de las manos y rezan. Cándida es creyente y por lo tanto, él lo será.
Cenan en silencio.
Ella come con mucho apetito las batatas, papas y los pedazos de carne.
Se levanta despacio y besándole la frente se va a recostar.
Lautaro la observa desde la puerta hasta que se siente seguro de que duerme. Se va a la piecita del fondo y decide terminar con el trabajo.
Hoy su amante cenó los músculos abdominales de una indigente sana de veinte años aproximadamente. Mañana almorzará algunas otras partes blandas y lo demás será enterrado.
Las sopas con carne de jóvenes, minuciosamente preseleccionadas, será lo que cure el extraño tumor estomacal que está diezmando la vida de su mujer.
Su Cándida lo leyó en algún libro y asqueada se lo comentó una vez. Al día siguiente él comenzó con las cacerías silenciosas y secretas.
Ha buscado oraciones paganas para omnipotencias diabólicas y cuando descuartiza los cuerpos los ofrece a cambio de la salud de su amante.
Vida por vida. Cree que es lo justo.

Con el paso de los días Cándida mejora, los dolores se atenúan.
La dulce mujer, antes de dormir, se arrodilla y agradece a Dios.
Lautaro también lo hace, pero no se lo agradece a él.


Cuando las noches llegan, las torturas despiertan.
El muchacho cierra los ojos y se hunde en las profundidades de una conciencia que lo sentencia a muerte.
Sueña que las mujeres lo observan, tienen las panzas abiertas y las tripas colgando. No hay señal de enojo y eso lo mortifica.
Ellas debieran devorarlo, pero sólo se paran con las piernas abiertas para no enredarse entre órganos largos y amorfos.
Lautaro quiere huir y esconderse, pero en cada rincón hay alguna mirándolo con los ojos ausentes y blanquecinos. Cada mañana despierta queriendo morir.

Esta noche, la última de las muertas, agarra las tripas y se las pone alrededor del cuello para poder perseguirlo sin enredarse y tropezar.
Se despierta cuando lo atrapa. Está seguro que escuchó unos ruidos, se levanta despacio para no despertar a su amada e inspecciona la casa. En el comedor prende la luz en el instante en que alguien sale por el lavadero. Se fija, temblando entero, y no hay nada.
¡Juraría que vio salir a la mujer de sus sueños! La que está enterrada en algún lado de su patio. Abre la heladera y saca cerveza. Mientras la toma se fuma un porro. Quiere atiborrarse en alcohol y morir mientras duerme.
La culminación de su vida implicaría la muerte dolorosa de su amada… pero no estaría para observarla.
Las niñas de la calle dejarían de desaparecer y las marchas de los viernes ya no le retorcerían el estómago.


continuará

3 comentarios:

Córdoba dijo...

La magia negra, tan dura y terrible. Es duro, amiga, muy duro, pero me gusta.

Musaraña dijo...

Como siempre, cada vez se va haciendo más interesante...

Por cierto, has sacado más guapa a Nicole Kidman de lo que es en realidad..Deberías escribir algo sobre una actriz que vende su alma por una cara inexpresiva que le garantice ser una famosa actriz millonaria

Perdona el rollo, a veces se me va la olla... :(

Marie dijo...

Ahhh escarcha continuala prontoooo!!!

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