Monstruos que retozan en este sitio:

jueves, 7 de julio de 2016

La bicicleta

Antes de abrir la puerta la observó detenidamente. Estaba con las ruedas desinfladas y parecía vieja, con la pintura descascarada y el óxido devorándola por partes.
Miró a su alrededor buscando al posible dueño del vehículo pero no había gente en la zona. Un pequeño déja vu le dejó una presión en el pecho que no supo definir, la imagen que se había cruzado era tan efímera que ni siquiera logró reconocerla.
Entró a la casa, se preparó un café mientras se cambiaba de ropa. Se duchó pensando que no recordaba haberse desvestido. Puso la pava para el café y reaccionó que ya lo había hecho aunque el recipiente estuviera frío y limpio.
La bicicleta vieja y oxidada lo estaba despertando, vivía en una zona anacrónica. Un movimiento a sus espaldas lo sobresaltó, giró y encontró al niño casi destruido y recordó la calle con agua, la felicidad de mojarse los pies mientras pedaleaba, el vehículo que le tocaba bocina, el ruido de los frenos, el impacto, el dolor, el llanto, la ausencia de tiempo.
El pequeño se acercó y le extendió la mano.

-¿Vamos? – preguntó el pasado y el fantasma se aferró a él para seguirlo.

viernes, 1 de mayo de 2015

Revista Penumbria

La Revista Penumbria publica en su edición N°26 uno de mis cuentos.
(para leerla entera deben entrar a esta dirección http://issuu.com/penumbria/docs/penumbria_-_26)
Aquí está mi cuento:

"Marianito y los cuentos de terror"

A Marianito le gustaba invitar a sus amiguitos a dormir.
Siempre llevaba papitas, gaseosas y películas de terror a la pieza, y cuando ellos se encontraban en un estado inicial de pánico, apagaba las luces y aullaba desde distintos puntos del cuarto. Marianito sentía una fascinación morbosa por verlos aterrados, era algo que estaba más allá de su comprensión. Sus padres casi nunca estaban, y las niñeras que solían transitar por su casa, le gritaban cuando tenían que socorrer a sus ocasionales compañeros de piyamada tras encontrarlos pálidos y temblorosos en medio de una crisis de llanto.
Marianito fue espaciando sus viernes de películas porque ya no tenía amiguitos dispuestos a ser traumatizados. En un par de ocasiones intentó hacer lo mismo con sus niñeras pero una de ellas, en una crisis de histeria, le golpeó el rostro de manera brutal y cuando sus padres descubrieron el hematoma se molestaron con él. No lo intentó más.
Después de un mes sin sesiones de terror, fijó su atención en la niña pálida que ayudaba a su madre en la atención de una verdulería en la esquina de su casa.
No le costó trabajo acercársele, siempre invitaba amigos varones pero imaginó que no habría obstáculos en llevar a una niña, un viernes a la noche.
Cuando se lo mencionó a sus padres se lo negaron rotundamente así que comenzó a idear la manera de asustarla... sin llevarla a dormir antes.
Cada mañana durante un mes, acompañó a sus niñeras hasta la verdulería y fraguo lenta y serenamente una buena amistad con la niña.
Se llamaba Rosita, tenía 10 años igual que él, odiaba la escuela igual que él, sentía antipatía por las comidas con acelga igual que él y... odiaba las películas de terror porque le causaban miedo.
Este detalle casi le provoca una erección y se sintió un tanto incómodo con eso.
Una noche se escapó de la niñera y se fue a conversar con ella. Eran las diez. La madre de la niña los vio sentados en la vereda y los dejó pasar el rato. Cerró la verdulería y entró dejando a la parejita, conversando debajo de un árbol.
Marianito le contaba historias de terror a Rosita y ella escuchaba atenta, con las manitas crispadas sobre la pollera. Bajo la luz de la luna se la notaba pálida y temblorosa.
Le contó que en noches como esa se escuchaban aullidos en el fondo de su casa y que sus padres se negaban a creer que algo vivía entre los limoneros y naranjos de su patio.
-Pedí permiso y vamos un rato a mi casa para que te muestre de donde vienen los ruidos.- propuso Marianito y Rosita lo miró un instante con el rostro blanco del susto, antes de entrar a preguntar si podía ir. Cuando salió cinco minutos después se la notaba nerviosa.
Entraron a la casa por el costado para que su niñera no se diera cuenta de que había huido hacía un buen rato. A tientas, en la oscuridad, se llegaron hasta el primer naranjo donde el niño escondía una linterna. El haz de luz iluminó poco. Había casi diez árboles cargados de frutos. Marianito señaló una zona oscura en el rincón izquierdo de la pared perimetral y le iluminó el rostro para mirarla.
-Ahí es donde se escuchan los aullidos, primero se sienten arañazos en la pared y después el llanto. Mi niñera cree que puede ser un perro, pero ninguno de mis vecinos tiene mascotas.
Rosita estaba agitada y tenía los ojos cubiertos de lágrimas.
-Vamos a ver que hay -instó Marianito tironeándola del brazo. La niña emitió un pequeño quejido.
-No- le dijo suavemente casi al borde del llanto.
-Vamos- volvió a insistir y esta vez le tomó de la mano obligándola a seguirlo.
Caminaron despacio hasta que quedaron a unos metros de la esquina oscura.
Se sintió el ruido de la cadena antes de que un perro enorme y negro casi les saltara encima ladrándoles.
Rosita pegó un alarido y Marianito retrocedió chillando fascinado.
El perro movía la cola feliz mientras ladraba.
El niño se dio media vuelta y la buscó. Ella estaba parada junto a un naranjo, apoyando la espalda en el tronco, con las manos adheridas a su vestido y el rostro casi azulado por el pánico.
Marianito se tomó de la panza y comenzó a reír a grandes carcajadas.
Rosita hiperventilaba.
Se dio cuenta de que a su amiga le pasaba algo extraño cuando un silbido comenzó a salir de su pechito mientras la caja torácica subía y bajaba de manera alarmante.
-Eh!- le gritó tratando de quitarle dramatismo a la situación y se le acercó.
Ella estaba con los ojos casi fuera de las órbitas, estática, intentando respirar.
-Rosita- le dijo él y le apoyó la mano en el hombro.
La niña pareció salir del trance y gritó aterrorizada abriendo la boca tan demencialmente que se escuchó cuando la mandíbula salió de su lugar y la comisura de los labios se rasgaron dejando escapar un hilo grueso de sangre.
Rosita se agarraba de la cabeza y se arrancaba mechones de pelo mientras daba alaridos que por ratos se confundían con un aullido animal.
Marianito retrocedió espantado.
La niña gritó hasta que el globo ocular derecho cayó dejando una cuenca vacía. Gritó mientras por entre las piernas se escapaba un chorro caliente de orina y el líquido cambiaba de color hasta ser un reguero de sangre que llegaba al suelo sin tocar su entrepierna.
Gritó hasta que el perro se ahorcó con la cadena mientras intentaba huir.
Gritó hasta que la lengua se le hinchó tanto que comenzó a reventar.
Gritó hasta que Marianito comenzó a convulsionar mientras escupía espuma espesa por la boca.
Rosita regresó a las 11 de la noche a su casa. Su madre la regañó por tardar tanto y su padre le preguntó porque le faltaba el ojo derecho.
-No me gusta que me cuenten cuentos de terror- le aclaró mientras recordaba que lo había levantado y estaba en su bolsillo izquierdo.
-Ya no quiero ser amiga de Marianito, me hace asustar- acotó al final, mientras lo ponía nuevamente en su cuenca.

viernes, 31 de octubre de 2014

Tavo

Me invitaron a leer en el Colegio Laura Vicuña. La experiencia fue asombrosa.
Me encontré con un grupo de alumnos que, no sólo escucharon con mucha atención, sino que lograron crear un clima extraordinario. Me sentí muy cómoda con ellos y espero haber estado a la altura de lo que esperaban de mi.
Antes de irme uno de ellos se acercó para pedirme si podía escribir un cuento con él como protagonista.
Aquí está el texto.

TAVO

A Tavo le gustaba fabricar cosas con sus propias manos y regalarlas.
Los objetos que producía eran una mezcla extraña de elementos de la tierra que convergían casi de manera surrealista, formando esculturas abstractas.
Cuando las obsequiaba lo hacía con esa sonrisa extraña que lo caracterizaba. La mirada producía sentimientos oscuros, el que recibía el presente, lo hacía con entusiasmo pero sin saber qué hacer ante esos ojos que escudriñaban buscando algún tipo de reacción.
Era difícil mirarlo y no quedar un poco perdido en los miasmas de sustancias crueles.
Sus esculturas eran hermosas, pero cubiertas de un vaho que recordaba lo lúgubre, lo incierto.
Cuando se las colocaba en las casas, solían desaparecer por ratos apareciendo en los lugares menos pensados.
Ninguno lo admitía por miedo a pasar por ignorantes, pero creían que tenían vida propia.
Lo que nunca llegaron a presentir era la verdad que se escurría durante las noches y que ninguna cordura podría tolerarlo.
A Tavo le gustaba fabricar cosas con sus propias manos y regalarlas. Lo hacía porque ansiaba ser un ente omnipotente, un demiurgo de las sombras.
En cada una de sus esculturas una astilla de su esencia se escondía.
Con los años y con cada regalo, el muchacho parecía verse más delgado, perdía color, calor, a veces parecía ser transparente, hasta que un día… dejaron de verlo.
Y los objetos no pararon de moverse. Ya la gente no dudaba, era evidente que tenían vida, aunque todos ignoraban lo que realmente estaba sucediendo.
Tavo aún existía y lo hacía con mayor fortaleza, alimentándose de los sustos, socavando en la psiquis de los dueños de sus regalos.
Tavo reptaba de noche, invadiendo cuartos y robando pesadillas, aspirando el terror que fluía de los durmientes, haciéndose más grande, más sabio, más terrorífico.
Una noche las ventanas de todas las casas que poseían los recuerdos del muchacho se abrieron con fuerza, produciendo grietas en las bisagras, y aquellos que estaban despiertos lograron ver un ente oscuro que se escapó con una velocidad asombrosa, reptando hacia el monte que se levantaba cerca.
De ahí en más, los objetos pasaron a ser sólo eso. Nunca más se movieron.
Pero desde el corazón del bosque se sienten murmullos, a veces la tierra late, hay una energía extraña que hace huir a las tarántulas y víboras.
La gente a veces se queda mirando los árboles, como esperando que en algún momento emerja algo.
Todos lo piensan, pero nadie lo acepta en voz alta.
Tavo es ahora otra cosa y se prepara para regresar.

martes, 3 de junio de 2014

Correas

Claro y perturbador.
Digirió la imagen de la mujer que cruzaba las piernas mientras le pegaba un tirón a la correa y se sintió a salvo de los amos tiranos.
Toda ella exudaba fuerza, el rictus en los labios demoledores era una grotesca fisura de odio y hermetismo. La veía allá arriba y se mordía las uñas para sofocar el deseo de arrastrarse un poquito y tocar el taco del zapato que se hundía unos centímetros en la piel de la mascota.
Parecía un hombre pero no era más que un adolescente ajado.
La correa le apretaba la traquea y las rodillas tenían callosidades gruesas que no dejaban penetrar fácilmente las piedras.
Usualmente no sentía pena de sus pares, pero éste era diferente. Se lo veía feliz a pesar de todo lo que decía la imagen.
Ella, allá arriba, bajó una mano blanca que el lamió con gusto. La perfección de la piel no hacía otra cosa que destacar el muñón deforme del dedo meñique.
La miró nuevamente y encontró que el odio rayaba el terror.
La mascota se deleitaba lamiendo los dedos y mordisqueaba por ratos los demás.
Era inevitable armar historias en torno al duo y estuvo a un tris de acercarse a él para preguntarle que había sucedido cuando ella misma se sintió llamada con un tiró de su correa.
Se dió media vuelta molesta y miró a su amo que sin importarle su curiosidad sobre mascotas que parecían revelarse y abrir un abanico de rabiosas revoluciones, la tironeaba para que caminara a su lado.
Los miró por última vez. Él seguía mordisqueando los dedos colorados y un hilo rojo de baba comenzaba a deslizarse por la cosmisura derecha.
Tragó saliva y miró la mano de su propio amo.
Tenía hambre y ganas de elevarse sobre sus dos piernas para ver que tan alta era.
-No quiero- gritó ella.
Él bajó la mano para tomarla del cabello y ella sonrió agradecida por el hilo de baba roja que acababa de despertarla.

martes, 27 de mayo de 2014

La claraboya


La habitación estaba en el último piso.
Esta tenía un techo bajito y el padre no había tenido mejor idea que colocar una claraboya en él para que el sol las iluminara durante el amanecer, lo que no consideró eran las noches y los monstruos que apoyaban la cara en el vidrio y se pasaban horas observándolas con lujuria.
Todas las mañanas la claraboya era limpiada porque el rocío dejaba unos dibujos extraños, en realidad el líquido era el residuo de la actividad onanista de los visitantes, y los dibujos: tan sólo las patitas patinando en sus mismos fluidos.

viernes, 23 de mayo de 2014

La última fiesta


La morbosa obsesión por los monstruos me había caracterizado siempre. No podría hablar de un punto de inicio, lo mío fue más bien innato y vitalicio. Lo llevaba en el ADN, tal vez era una obsesión atávica. Si conociera a mis ascendientes buscaría en sus vidas para encontrar la procedencia de la semilla.
Era necesaria tal explicación para que se comprendiera porque luego de existir entre deformes, asesinos, degenerados y parias hubiese llegado a esta instancia de vacío emocional.
Ya nada puede helarme la sangre.
Me encuentro inerte.
He intentado regresar a mis raíces y re-descubrir esa sensación de vida que supe tener. Comencé enterrando aves en el jardín de mi casa, seguí por los gatos en los roperos y vírgenes bajo mi cama. Salí a  las andadas con antiguos amigos que se sumergían en las cloacas sólo para evitar sentirse contaminados con el olor a humano promedio y nada resultó.
Luego de cuatro décadas de horrores me encontré tan muerta como las cucarachas reventadas que decoran mi almuerzo. Será por eso que la sangre en mis nudillos me resultó tan erotizante, la abulia había llegado a niveles asombrosos  no había otra emoción en puerta que me hiciera sentir tan viva como el deseo de pronto estar muerta.
Siento que estoy cerrando un círculo de manera exitosa.
Mi propia sangre en el piso me sirve para escribir y aunque el texto no resulte horroroso seguramente el panorama que dejaré será devastador.
Me siento a ingerirme mientras dejo que mis libros de terror, abiertos en sus capítulos más espeluznantes, absorban mis fluidos en una sopa hemática que sacia con sólo presenciarla.
Voy a extinguir esta presencia física que reptó por cementerios en busca de una belleza que pocos saben apreciar y formaré parte de las hojas en una orgía casi poética.
Mis demonios deformes y los fantasmas de mis muertos escondidos en los rincones de mi casa se acercan para observar el deceso.
Son tan hermosos y se ven tan felices. Veo correr el vino y sé que festejan en mi honor.
Mientras me apago quiero que una virgen me vierta alcohol directamente en la garganta y que un eunuco se recueste en mi pecho y llore con los últimos latidos.
El éxtasis de mi propia sangre me sorprende ¿Cómo pude vivir tanto sin haberla probado antes?

martes, 13 de mayo de 2014

No!!


-No- le gritó el cuco malo y la niña retrocedió mordiéndose los dedos.
El cuco tenía un enorme sombrero caído sobre los ojos rojos y ella podía ver, desde su escasa estatura, como sobresalía por entre los labios un colmillo flojo.
Miró a los costados, pateó unas piedritas imaginarias, pero se tentó nuevamente y sin disimulo extendió los deditos.
-No- volvió a gritar el cuco histérico mientras se lo tocaba con la lengua provocando un vaivén dental.
La pequeña retrocedió con la intención de cerrar el ropero y regresar a la cama.
Pero no se les niegan cosas a las niñitas dulces de aspecto sonrosado, el monstruo como buen malo de todo cuento tendría que haberlo sabido. ¿O no? ¿O será que como en todo, los cucos, fantasmas, hombres lobos y otras malas yerbas también llegan al cenit sólo a base de experiencia? El cuco se disponía a ir al dentista que vivía en la zona más oscura del ropero cuando la puerta se abrió tan deprisa que no hubo tiempo ni para levantar las garras en señal de defensa. La niña le mordió los labios y las encías extrayendo el diente y una pequeña parte de lengua también. Lo dejó gritando en medio de un charco negruzco. El color de la sangre la distrajo un par de segundos, pensó en que su madre se enojaría cuando descubriera la ropa manchada y seguramente le echaría la culpa. Pero luego de escupir lo innecesario y levantar en alto el premio, olvidó el inconveniente de las camisas y sábanas sucias, y regresó a su cama.
Era su cuarto colmillo y el primero que, por estar flojo, era extraído de una sola mordida.
Se sintió tan complacida que no lo guardó en su cajita de objetos negados sino que durmió con él, lamiéndolo de vez en cuando, encantada con el gustillo agrio, jugando con la lengua con unos cuantos hilos rojizos que colgaban del diente.

viernes, 1 de noviembre de 2013

El ranking

Se sentía realmente conforme viviendo ahí.
Abría su hogar al público de 9 a 12, después de ese horario no atendía ni el timbre, se sentaba en medio del salón a fumar un cigarrillo y disfrutaba del espectáculo de sus otros habitantes.
“Es hora del té” gritaba a las 6 de la tarde y la tetera levitaba.
Más que por el delirio sobrenatural de su hogar invadido de espíritus, él se regocijaba en la certeza de haberlo armado.
Su casa estaba situada en el primer lugar de un ranking de zonas con mayor actividad paranormal, era dueño de un circo que generaba sólo ganancias. No había que alimentar animales ni payasos, sólo levantaba la mano, recibía el dinero de la entrada y esperaba que los visitantes salieran espantados y lívidos del susto. Sus fantasmas nunca fallaban, eran tan espeluznantes como puntuales y aullaban en el momento indicado o rozaban tobillos con huesos helados cuando algún escéptico se pavoneaba por los corredores.
Con el tiempo descubrió que hasta sus propias almas en pena pasaban a nuevas dimensiones y dejaban la casa entre silencios incómodos. Estaba viejo, pero si en algún momento la pobló de aullidos, tendría y seguramente podría, hacerlo de nuevo.
Se colocó la cazadora gris y fue al campo a cazar.
Las muchachitas ya no se dejaban atrapar como en épocas pasadas, desconfiaban hasta del dinero. Huían asustadas cuando lo encontraban en medio del monte, en la zona donde sabía que irían por leña y no le daban tiempo ni a sacar sogas o taparles la cabeza con bolas plásticas, por lo tanto optó por lo más rápido y fácil de cargar. Se llevó niños de no más de un año, los encerró en el sótano y esperó a que murieran de inanición. La transición de humanos a poltergeist insoportables duró cuatro meses.
La gente dejó de pagar la entrada, espantados ante los comentarios de los que habían asistidos y huyeron horrorizados entre mordidas y humedades de espíritus que no controlaban esfínteres. De los 8 niños que se llevó, 4 madres muertas de tristeza llegaron hasta la casa a buscarlos. No podía estar ni dentro ni fuera del hogar. A las 6 de la tarde le orinaban en la tetera, a las 7 le babeaban el periódico y a las 10 de la noche lloraban por no querer ir a dormir. Salir a la vereda era toda una aventura, afuera estaban las féminas desesperadas que le arañaban el rostro con la putrefacción que caracteriza al fantasma lleno de furia.
Un día se escondió en un ropero y no salió más.
Allí lo encontraron, unos cuantos años después, convertido en un esqueleto polvoriento, con las piernas dobladas sobre el pecho en posición fetal y las manos en los oídos, esperando un destino que no se imaginó para él mismo.
Las mujeres luego de pasar por varias dimensiones de dolor lograron recuperar a sus hijos y se fueron por otros derroteros. Él se quedó cuidando la casa, para que al menos la fama de ser la más aterradora, no mermara.
Se encargaba él mismo de vomitar gusanos y levitar entre tufos putrefactos sobre la cabeza de sus visitantes y soportar de vez en cuando que los antiguos fantasmas regresaran buscando venganza y degeneraran su valioso ectoplasma convirtiéndolo, por ratos, en caldo de arvejas.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Cándida y ella.

La policía la encontró sentada bajo el árbol dando de mamar a su hijo en completa paz mientras le cantaba un arrorró, mientras las hormigas devoraban a su marido, mientras el cuerpo atraía moscas, mientras el universo le daba nuevamente las riendas.
Cuando la subieron al patrullero reconoció que su vida seguiría siendo una bolsa inmensa de mierda mientras aquella siguiera contemplándola y escribiéndola.
Esa misma noche se escapó y no dudó en matar a cuanto hombre intentara frenar esa libertad sicótica que la hacía tan espantosamente absurda, atípica y utópica también.
Ser Cándida y ser su tinta era, más que una maldición, una atávica herida que cercenaba ovarios y los dejaba cuajados y hambrientos.
Mientras dormía, la buscó bajo la tierra y sobre su hombro. Se dedicó a deconstruir esa relación ambivalente que las unía y llegó a la conclusión que escribía sobre ella porque la amaba tanto, como la odiaba también.
Y por primera vez: temió por su vida, por acabar en un cuaderno cerrado o desmembrada bajo el zapato de un patriarca. Descubrió que tras el lápiz y los feroces episodios de violencia o empatía, existía una tirana demanda de poderes que aquella anhelaba tener, que temía perder, que ansiaba descubrir.
Y supo que su existencia estaba basada en la envidia que despertaba en la escritora.
Y amó ser Cándida.
Y odió ser un sueño.
Se despertó en la patrulla, aún faltaba un tramo largo, su hijo dormía junto a su pecho.
Lo sostuvo fuerte tapándole los oídos para que nada interrumpiera su paz y abrió la boca demencialmente para tragar al primer hombre que osara detenerla.

miércoles, 2 de octubre de 2013

LOBOS


Somos víctimas viviendo en una sociedad hombruna, en donde deambulan machos cabríos que se creen dueños de las incertidumbres, glorias y flaquezas de una mujer.
Nos enseñan a vivir con ojos hasta en la nuca, cuidándonos de ellos: de sus miradas, sus gestos, de las mínimas muestras de agresividad que nos puedan hace sucumbir en una vida de maltratos.
Crecemos con miedo al lobo con piel de cordero. Al hombre que pueda llegar a enamorarnos con una mirada tierna y que con la complicidad de un hogar cerrado bajo llave y candado, nos someta a sus puños de hierro.
Somos víctimas desde que nos enseñan a temer hasta que nos logran hacer entender sobre la fragilidad que nos convierte en tibias flores silvestres.
No soy la excepción.
Soy una víctima.
Les temo tanto, que evito mirarlos a los ojos.
Cuando alguno se acerca a conversar me tiembla la voz, no puedo evitar encontrar indicios de su verdadero pelaje bajo el manto acolchado de su blanca piel.
Y cuando me enamoro es peor, dejo de ser yo, me desbarato. Aun sabiendo que seguramente algo esconden, que no son sinceros y que pronto caeré bajo alguna trampa que me hará sucumbir ante peligros monstruosos, me dejo llevar por ellos, me obsesiono, los persigo, los admiro y trato de controlarme, me pellizco, me tiro del cabello, me castigo obligándome a mantenerme parada con la cara a la pared durante horas para que los pies vuelvan a estar sobre la tierra. Para que no pierda de vista que somos potenciales víctimas ante lobos con piel de cordero.
Por eso cuando J se acercó y me invitó a tomar un café, para cerciorarme de estar en mi territorio cuando se produzca el ataque, lo invité a mi departamento y antes de que pudiera abrir algún cierre de su disfraz para saltar hambriento, lo degollé y me lo devoré yo.
Somos víctimas. No lo olvidemos nunca, estemos atentas.
Fue por este motivo que cuando N me propuso ser su novia, le dije que sí para no enojarlo, pero ante el primer descuido lo drogué, y tiré su cuerpo endurecido y marchito en un camino de tierra, de esos que no conducen a nada y que sólo sirven para que las mujeres temerosas tiren a sus tiranos durmientes.
Busco en potenciales amantes siempre alguna mirada o un indicio de furia contenida.
¡Les temo tanto! Yo tan niña frágil y ellos tan feroces.
Por tal motivo cuando R se acercó con una rosa, le cercené la mano y se la tiré a los perros. La rosa, por supuesto la guardé en un libro, porque en el fondo, muy en el fondo, allá donde termina el territorio de la cordura, soy una romántica empedernida.
Tengo tanto cuidado en la vida que siento que divago en un derrotero de paranoia. Hasta ahora tuve suerte, ninguno tuvo tiempo de mostrar un indicio de colmillo o garra afilada. He sido más rápida, astuta y cuidadosa, casi, casi, ¡como una loba!

martes, 24 de septiembre de 2013

Cuando la parca se enoja

La revista diginal miNatura 129 publica en su edición dedicada a la Inmortalidad, uno de mis cuentos: Cuando la parca se enoja.
He aquí el texto


Cuando la Parca se enoja
Se le murieron los padres. Se le murió el marido, los cinco hijos. El perro que llevó ni bien quedó sola envejeció hasta quedar sin dientes y cayó muerto una tarde cualquiera. 
Las cucarachas de la casa se murieron de aburridas y ella seguía rehusando aceptar la muerte. Cada vez que la sentía acercarse se paraba con las manos en la cadera, sacando pecho y la increpaba con groserías hasta que la Parca se retiraba amenazando con no volver jamás. Durante tres meses insistió. En la última visita fue recibida con una olla de agua hirviendo que le produjo quemaduras de tercer grado en el parietal derecho y parte de la tercera y cuarta costilla. No regresó jamás.
Luego de unos cuatrocientos años, la mujer, hastiada de tanto día solitario y tanta evolución que le pasaba rozando las caderas anchas, decidió enterrarse.
Le pagó a un niño (que intuye podría ser algún tatara tatara tatara nieto) para que la cubra con tierra y desde ese día espera, ni los gusanos se le acercan. 
Los primeros tiempos se le acalambraban las piernas, ahora ya ni las siente. Los brazos están hinchados y tienen la forma de la madera con la que chocan, cree que la muerte podría estar próxima.
Ya pasaron casi cien años y construyeron una casa sobre ella. Al menos no se aburre escuchando las conversaciones de sus ocupantes y evita dar comentarios desde abajo, porque cada vez que lo hace al poco tiempo huyen aterrorizados.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La linterna

No llegué a meterme debajo de la cama, me apuré en cuanto escuché los pasos y la respiración dificultosa. Sabía que vivía conmigo porque veía sus talones cuando se alejaba, sus pies cuando se acercaba, escuchaba sus aullidos algunas noches. No quería verla, me aterraba el sólo hecho de algún día conocer su rostro y no poder dormir más.
No llegué hasta la cama y me escondí tras la puerta con tanta mala suerte que choqué una pequeña mesita y la linterna que estaba ahí para espiar ruidos en la oscuridad, cayó prendiéndose. El haz de luz iluminaba el piso y me apresuré a buscar la manera de apagarla, pero no lo hacía, se había encaprichado en mantenerse prendida, dándome claridad y conocimiento, no quería verla aparecer en su rango de luz, no quería que el humano que dormía en la cama, noche tras noche, tuviera forma. Prefería tener pesadillas con sus ronquidos y sus pies, y no con sus ojos vivos, descubriéndome. La linterna no se apagaba y ante los pasitos apresurados terminé pateándola: el haz de luz podía descubrir su rostro demoledor, o mi presencia aterrada.
El caprichoso objeto fue a parar debajo de la cama, iluminando el zapato viejo y olvidado donde descansaba desde tiempos inmemoriales y el brazo de la humana no sólo agarró la linterna, sino que sacó mi hogar y lo tiró a la basura. Cerré los ojos para no verla, no me importaba si la luz me delataba y sus aullidos me destrozaban la cordura, cerré los ojos y dejé de respirar hasta que sentí la calma que sigue al descanso del humano.

Después del incidente con la linterna, duermo bajo su colchón. A veces se despierta inquieta, he llegado a la conclusión de que algo causa su temor nocturno y eso aumenta mi paranoia. ¿Qué habrá en la pieza que la asusta tanto? ¿Un monstruo acechará tras las paredes intentando que la linterna no se prenda para ser descubierto? Tengo tanto miedo que decidí cambiar mi lugar de descanso, desde esta noche me filtraré debajo de sus sábanas e intentaré dormir a su lado.

martes, 23 de julio de 2013

Mujer distópica

La Revista digital miNatura publica en su edición Nº128 y con la temática "Distopías", uno de mis cuentos: MUJER DISTÓPICA. De más está decir que toda la revista es excelente!!!!!

MUJER DISTÓPICA
Hija única de padres ejemplares, alumna excelente, amiga silenciosa, amante apasionada... tenía tantas virtudes que estaba a una línea de cocaína de convertirse en la abulia menstruante.
Se despertó un día y tras mirarse largo rato en el espejo y convencerse que esas poses de Barbie y Blancanieves compungida, no le ayudarían a encontrar los sinsabores que tal vez le dieran un matiz distinto a su vida, resolvió realizar un cambio rotundo.
Se levantó esa mañana decidida, salió a la calle y caminó descalza por las veredas, con la ropa desplanchada y el pelo sin cepillar, con el olor a mañana descompuesta en la boca sin lavar y las ojeras violetas enmarcándole los ojos.
Escupió, insultó, comió con las manos sucias y cagó en una plazoleta.Nadie osó acercársele y hacia la tarde, cuando el sol regresaba a su tumba, se recostó en un banco de la plaza para descansar de su día distópico que tantas satisfacciones le estaba dando, cuando sintió una mano hedionda tomándole del brazo derecho y obligándola a restituir el orden en su vida. Se la llevaba arrastrando, deshaciendo el camino que tanto coraje le había tomado comenzar y la hizo entrar a la casa dejándole una marca violácea donde apretaba con fuerza. Se escucharon gritos. Sermones de moralidad y respuestas lógicas sobre decisiones tomadas. No hubo manera de convencer a la mano sucia que la había traído, así que no tuvo opción: cuando vio que se concentraba en alcanzar el jabón líquido de rosas para lavarse, tomo el cuchillo y con un certera estocada la dejó agonizante, luego el serrucho hizo lo suyo. Una vez vendado el muñón, volvió a su nueva travesía distópica, dejando su mano izquierda moral y recatada, en un charco rojo pasión, tan obsceno que daban ganas de cercenarse las manos y salir en busca de una inmoralidad orgásmica.

miércoles, 10 de julio de 2013

Fui su amante!


Eras la mujer que necesitaba mi cuerpo, mi psiquis, la vida misma.
Te acoplabas a todo y parecías fundirte a mi persona cuando caminábamos abrazados, por eso, cuando dijiste que querías conocer nuevos horizontes y entablar relaciones con personas ajenas a nuestro círculo, me negué a aceptar la insinuación de que me hiciera a un lado de tu vida.
Por tal motivo aprobé la propuesta y sin renegar, ni chistar, me dediqué a seguir tus pasos con una distancia prudencial y aproximada de 3 metros.
Observé el cambio drástico en los lugares que frecuentabas y la gente con la que solías pasar el tiempo, tu ropa, el diálogo y hasta creo que parte de tu fisonomía también mutó.
Sin querer el seguimiento se convirtió en rutina, lejos de sentirme dolido por haber sido olvidado, me causó curiosidad tu nuevo amor, y el corto tiempo que duró y fue cambiado por nuevas alternativas de vida, socialización y trivialidades varias.
Tu rostro sufría cambios casi imperceptibles con las metamorfosis.
Un año después me encontraste de frente y sentí que me hallaba ante una mujer kafkiana.
Nos sentamos en una plaza a conversar sobre vidas pasadas y superadas.
Hubo un momento en que un joven atractivo en rollers pasó cerca y tu ojo derecho miró hacia él sin que el izquierdo modificara la dirección. Fui testigo del cambio en tus facciones, sentías que habías sido descubierta, te levantaste algo turbada y tras un leve “hasta otra vida” te marchaste, confundiéndote con el paisaje.
Y aunque ya no siento esa adoración que tenía por vos, me gusta contar, al que quiera oír y creer, que por un tiempo corto fui el amante de una mujer camaleónica.

viernes, 28 de junio de 2013

El regreso a casa.

Cuando terminó de tapar someramente el cuerpo con tierra, trajo semillas de las más bonitas flores y las plantó. Su cuerpo quedaría junto a las rosas y los claveles, y mientras las larvas lo convirtieran en un caldo pestilente, el perfume de las flores le sugerirían que ella, tan bella como siempre, seguía viva. Otro día cavaría un pozo más hondo, después de todo era sólo un sepelio simbólico.
Se sentía orgullosa, ¡era una sobreviviente!
Había sido más astuta, no más fuerte seguramente y de ello eran testigos los hematomas verdosos que le quedaran en el cuerpo, pero que pronto se irían.
Sanarían.
En cambio él... escupió sobre la sepultura y entró.
Una ducha aflojaría los músculos endurecidos y una siesta la dejaría como nueva.
Se recostó en medio de la cama, extendiendo a lo ancho brazos y piernas, respirando profundamente el aire carente de su perfume.
Abrió la boca para reír a carcajadas y una cantidad importante de tierra le llegó hasta la tráquea ahogándola, se levantó escupiendo, intentando tragar los residuos que estaban profundos, tratando de liberar la garganta para poder respirar normalmente. La tomaron del cabello y la arrastraron hasta el fondo de la casa. No podía gritar, cianótica, lo único a lo que atinaba era a patalear e intentar reconocer a su atacante.
Todo pasó tan rápido que fue imposible intentar algún tipo de resistencia, en unos segundos estaba acostada sobre la sepultura con él sobre ella, oprimiéndole el cuello con las manos gigantes y callosas que tanto daño le habían hecho durante su vida juntos.
¡Él sobre ella!
Él, vivo; sobre ella, muriéndose.
Poco a poco dejó de sentir dolor.
Un sopor profundo la dejó sumergida en un atávico sueño de mujeres destruidas.
Cuando abrió los ojos había varias más junto a ella, todas tenían los rostros desfigurados por los golpes.
Algunas se arrastraban, con los huesos destrozados, otras tosían tomándose del estómago con los brazos, mientras de tanto en tanto se limpiaban la sangre que les goteaba por el mentón.
Quiso hacer alguna pregunta pero sólo pudo escupir tierra, por más que se la sacara con las dos manos seguía apareciendo y brotando cuando quería hablar.
Caminó un rato, inspeccionando la zona.
La bruma le impedía ver un horizonte, sólo eran ellas y sus tormentos.
Aun así, no se quejaban, vagaban mirándose unas a otras.
Algunas mostraban orgullosas sus panzas infladas de bebes muertos, embarazos eternos, compañías que se podrían junto a ellas, y sonreían con dientes faltantes.
Era imposible quedar atrapada ahí, había luchado contra el sujeto que la atormentó durante años.
Ella era una hembra que merecía una segunda oportunidad.
Ya no de vida, no le importaba lo que había perdido, pero sí de venganza.
Metió casi toda la mano por la garganta, ocasionándose vómitos demenciales, necesitaba limpiar el paso del aire.
Logró filtrar un poco de oxígeno, lo sintió en los pulmones como brisa helada, gritó rabiosamente, asustando a sus congéneres.
Aulló, levantando los puños al aire, golpeando en el suelo los pies hasta sentirlos sangrar. Huyó enloquecida.
Ella no podía terminar ahí, con las demás, y dejarlo nuevamente vencer.
Abrió la boca enceguecida de odio y gritó tan fuerte que la tierra trepidó produciendo una fisura oscura y maloliente .
Se despertó de golpe, inhalando tanto aire que sintió que los pulmones se desgarraban, sentándose por la fuerza que da el despertar de un sueño tan pesado que devora entrañas.
Quiso quejarse por el dolor que experimentaba pero un sonido gutural brotó de la tráquea, junto a unos cuantos gusanos.
Fue en ese momento que miró su entorno y luego se observó ella.
Estaba en el monte, descomponiéndose.
Ni siquiera había tenido la gentileza de enterrarla.
Se levantó, por unos momentos sin saber qué hacer, llena de certezas luego.
Era de noche, cinco soles habían pasado por su cuerpo haciendo destrozos en los tejidos blandos, llenando de larvas y moscas sus orificios.
Por la hendidura de la tierra aparecieron varias más, sonrientes, espantosas, vengativas.

Se miraron entre ellas, se despidieron con abrazos que torturarían la mente de cualquier mortal que las viera y comenzaron el regreso a sus hogares, para visitar a sus hombres… por última vez.

sábado, 22 de junio de 2013

La doña II

Había una araña negra, gorda, hermosa, en el ventiluz del baño. La respetaba y no sabía si ella a mi y en ese quid radicaba el secreto de su eterna estadía (vivía ahí desde la época en que la casa era de mi abuela).
Me gustaba ducharme con un ojo cerrado y el otro abierto, controlándola para que no saliera y me comiera la mitad de la cabeza de un solo bocado, y contribuía a que esos quince o veinte minutos diarios de agua y jabón no fueran abúlicos y devinieran en tensas aventuras por preservar la vida.
Ayer abrí la ducha y miré su tela, había veinte, treinta o tal vez cincuenta arañitas negras, mínimas, estáticas. Me alejé confundida, lo primero que me vino a la mente es que siempre había creído que las arañas nacían siendo blancas y estas parecían pecas insalubres en la pulcra seda. Luego me percaté de que ella no estaba y el miedo evolucionó en terror. Cerré la ducha y retrocedí precavida, sentí como cuando hay un asesino serial atado a una silla y tras un descuido de segundos del que lo cuida, descubre que el individuo ya no está, entonces se altera y comienza a gritar histérico porque sabe que en cualquier momento aparecerá el asesino con un cuchillo y lo hundirá en la base del cuello a la altura de la clavícula. ¿Te pasó eso en alguna ocasión? ¿no? ¿Nunca te tuvieron acorralado y lograste soltarte de las cuerdas en apenas unos segundos? ¡Pensé que podría ser una situación común! (¡es que me escapé de tantas!). Pero regresando a la otra historia: me di cuenta de que mi araña criminal, ya no estaba, había dejado a sus hijos y se me cruzó por la mente que tal vez estaría intentando conseguir comida para ellos. La busqué por el resto de la casa, dándome vuelta asustada con cada sonido, temiendo que me hundiera un cuchillo en el cuello a la altura de la clavícula y tras comerme con parsimonia me regurgitara para las crías.
No estaba la araña asesina serial, y nunca había estado del lado contrario de la silla, me faltaba el aire.
Imaginaba que estaría midiendo la fuerza de la estocada, y si ella era como yo seguramente no calcularía donde hundir la hoja del cuchillo sino más bien la fuerza que el brazo necesitaría para introducir el filo hasta el mango y dejar moribunda a la victima.
De la taquicardia pasaba a la arritmia con un compás desagradable, en esos segundos pensé que si me quedaban, en la lista, cardiólogos sin matar tendría que visitar alguno... ¡y si salía viva de aquella situación!
Tal vez crucé por su lado varias veces sin verla. Ella ya no era ella.
Cuando por fin me di cuenta que ese ovillito de hilo negro, tirado cerca de la puerta del baño, era la araña del infierno, me arrodillé a observarla, y a llorarla luego.
Tenía que presentarle mis respetos a esa diosa voluptuosa que se había muerto de vieja, realizada y satisfecha.
La levanté e intenté reanimarla, estirándole cada una de sus patas, tratando de que conservara esa elegancia peligrosa. Aun me dura la tristeza de haberla sabido asesina y odiada, y ahora muerta y atrofiada.
¿Sería que luego seguiría yo? ¿Había cometido todos los crímenes que mi juventud y brío me lo permitían?
Me miré por horas en el espejo y vi las arrugas, algunas canas. Comprendí que me moría, como mi guerrera oscura y que también un día sería confundida con un ovillo de hilo en un rincón de la casa.
No quería que la muerte me encontrara en paz con mi involución corporal sino más bien haciendo de las mías en la psiquis de los otros.
El cuchillo con su funda de cuero lo tengo escondido entre las tetas, estoy vieja, pero una anomalía amoral atávica me llena de energía y si esta fuera mi última andanza se la dedicaré a la doña del ventiluz, ama y señora de los colmillos punzantes.

lunes, 17 de junio de 2013

El acumulador

Ella limpiaba, reponía mercadería y ayudaba en la caja del supermercado.
Esa tarde estaba tomando mate con el de seguridad cuando apareció el viejo, conocido en todos lados como acumulador compulsivo.
Le daba tanta curiosidad que se esmeró en ser amable y caerle simpática.
-Lo ayudo con las bolsas- gritó mientras se apresuraba a tomarlas.
El hombre de aspecto desalineado la miró un tanto sorprendido, se lo notaba tímido y solitario.
-No, muchas gracias, puedo solo- contestó intentando quitarle de las manos las bolsas.
Pero ella le hizo su mejor sonrisa, con ojitos achinados y hoyuelo en la mejilla incluido, y le respondió en voz baja: Estoy a quince minutos de mi horario de salida, llevo sus compras y ya puedo irme a casa.
El hombre aceptó un tanto dubitativo y caminó a su lado, despacio, mirando siempre hacia el suelo.
La muchachita sabía perfectamente donde vivía y lo esperó paciente fingiendo mirar algo en el celular cuando él se detenía ante algún canasto de basura y miraba curioso. En un par de ocasiones levantó cosas que guardó en el bolsillo con disimulo.
Dobló en la esquina, abrió el portón y entraron a un patiecito lleno de latas, oscuro y húmedo.
El olor penetrante la desorientó un poco pero no amedrentó su deseo de conocer la casa por dentro.
El viejo sacó otra llave y entraron.
La casa estaba oscura y el hedor a suciedad le quemó las fosas nasales.
Estaba tan fascinada con el interior de la casa: lleno de libros, discos, muñecos, bolsas y diarios que no percibió cuando el hombre cerró con llave.
No se podía ver ni un centímetro de pared.
Lo primero que le vino a la mente fue que parecía ser un lugar aislado del mundo entero.
-Si gritara, nadie escucharía- razonó asombrada.
-¿Podrías dejar las bolsas en el cuarto que está al final del pasillo? es la tercera puerta a la izquierda.
La muchachita aceptó gustosa.
Tardó un par de minutos en pasar por el estrecho corredor y encontrar la puerta.
Cuando la abrió lo primero que hizo fue buscar en la pared el interruptor. La luz se hizo y la locura también abrió de una patada la puerta.
Había 7 mujeres momificadas, sentadas alrededor de una mesa, tan pulcras y rectas que parecían señoras esperando que les sirviesen la cena.
Él entró y ella volteó a verlo.
La mirada de la niña, toda sorpresa y felicidad fue tan perturbadora que él dio un paso atrás.
-¿Seré parte de su colección?- gritó ilusionada - Siempre quise ser parte de algo asombroso. ¿Estaré en la cabecera de la mesa? Quiero ser la más joven y bella- sentenció frunciendo el ceño.
El viejo seguía retrocediendo, parecía que con cada paso se achicaba dentro de la ropa, cuando estuvo con la espalda contra la pared, ella pareció desilusionarse y agregó un tanto triste.
-Pensé que me encontraría con alguien que me superase. Siempre busco un maestro, el día que lo encuentre sé que el sabrá terminar con mi obra. La clave es el factor sorpresa- y sacando de entre sus prendas una navaja brillosa, lo atacó.
Durante la noche el viejo fue trasladado por partes a su casa y cada una de las extremidades acomodadas en los cuartos que deparaba para tal fin, lo demás lo tiró en el patio.
Su problema de acumulación compulsiva estaba superándola, pero nunca perdía las esperanzas de encontrar a alguien que estuviera un paso más allá y la tomase como parte de alguna colección. Las ocho cabezas de psiquiatras que se desdibujaban en la bañera le aseguraron que podrían con su problema... y la habían desilusionado. Ahora esperaba la salvación de una aberración similar a ella.

lunes, 3 de junio de 2013

La Doña del ventiluz


La araña había tejido su tela con una delicadeza avezada, convirtiéndose en “La Doña” del ventiluz del baño. Nadie sabía de su existencia. El resquicio izquierdo de la pequeña ventana la escondía en secreta conspiración, y ella podía con tremenda parsimonia y exactitud, tejer capullos para sus huevitos y esconderlos entre el cabello de la vieja que se bañaba con dificultad, cada dos o tres días.
Los puso durante esas noches: detrás de las orejas, en la nuca y ocultas entre las cejas. Cuatro capullos con un total de doscientos huevos que en veinte días eclosionarían en un acto casi milagroso y puro. Una escena que esperaba poder presenciar conmovida. Por tal motivo, cuando el día dieciocho llegó, abandonó su hogar y tras comer frugalmente al macho de turno para poder sobrevivir la travesía sin pasar hambre, descendió paredes, escaló desiertas escaleras, atravesó oscuros corredores hasta llegar a la pieza de la anciana y por fin, casi al morir del día diecinueve, se instaló bajo la almohada, como lo había hecho uno de sus ancestros, casi primo segundo, muy famoso por cierto almohadón de plumas, y esperó.
Los gritos, manotazos y arcadas le dieron la pauta de que sus hijos estaban llegando a este mundo y se apresuró a elevarse por el cabezal de la cama.
No soportó ver cuando la anciana histérica destrozaba a sus primogénitos con cada manotazo y para evitar una matanza en masa decidió sedarla, saltando a su oreja e inoculando veneno en lo profundo del oído. Dejó de escucharla gritar enseguida y cayó de costado. Hubo algunas muertes y ante tanta pena sólo se repuso cuando vio que sus hijos sobrevivientes, hermosos y pequeños, se abrían paso por los huecos calientes de la humana para iniciar sus propias aventuras. Nariz, boca, oídos, ojos... todo fue recubierto por el blanco despertar de la vida. Se sintió satisfecha y orgullosa.
Un macho atractivo y apetitoso la observaba desde arriba de la puerta, mostrando con orgullo una presa sólo para ella, ¡invitaciones suicidas se las hay! Y mirando a la última de sus hijas que entraba debajo de una uña… se despidió de ellas.
La anciana pronto despertaría y tal vez ni siquiera recordaría lo pasado, pero sería un buen hospicio para sus crías.
La Doña caminó tranquila y realizada, moviendo su enorme trasero mientras subía por la puerta, ya quería una nueva camada de crías, presuntuosa descubrió que era una buena madre. 

lunes, 27 de mayo de 2013

FOBIAS

La Revista Digital miNatura en su edición dedicada a las FOBIAS publica uno de mis cuentos en la pag. 69... FOBIAS (toda la revista es EXCELENTE!!!! con una variedad asombrosa de textos y dibujos, descarguenlá y a disfrutar!!!)

http://bibliotecadelnostromominatura.blogspot.com.es/2013/05/revista-digital-minatura-126-castellano.html

Mi texto:
FOBIAS
Desde que recuerda, su padre ha hecho énfasis sobre lo destructivas que pueden ser las mujeres, sobre todo las madres que abandonan a sus hijos y dejan a los maridos consumidos por la angustia y el dolor.
No hubo un día en que no encontrara a su padre alcoholizado y lamentándose por su desdicha. La vida destruida por una mujer, el hogar colapsado por el abandono.
Con los años, la fobia fue tomando forma, evitaba mirar de frente a toda hembra que se le cruzara por el camino, no podía hablarles, se destruía en vómitos cuando alguna rozaba su 
piel. Alineó su vida para tratar de evitarlas: se inscribió en un colegio de varones y se declaró homosexual sólo para impedir que algunas mujeres insidiosas coquetearan con él. Su padre tenía razón, eran crueles y podían desmembrar la psiquis de un hombre sin un dejo de culpa.
Luego de varios años de incertidumbre y de evitar todo contacto con ellas se decidió a acudir con un psicólogo. Iba resuelto, caminando decidido por la vereda, con la mente abierta y dispuesto al cambio cuando una mujer hermosa se cruzó en su camino. Ella no sólo lo miró fijo y se atrevió a tomarle del brazo, sino que sin importarle el temblor que comenzaba en los dedos e iba subiendo hasta llegar al pecho del muchacho, se atrevió a abrazarlo y susurrarle al oído: “Necesito que me perdones, nunca pasé un día sin recordarte”.
¿Imaginan la cara del muchacho intentando sostenerse ante el ataque de pánico que estaba experimentando? 
Ahora traten de darse una idea de lo que el corazón sintió cuando ella lo remató con el final de la frase: “soy tu madre”
El infarto fue masivo.
La mujer se alejó rápidamente, si años antes no había podido con la fobia a los hijos vivos mucho menos podría ahora con la angustia que le provocaría uno muerto.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Los años



En una época gozó de ser observada, ahora se relame de gusto observando.
El cambio no fue traumático, sino más bien el trueque de un gusto morboso por otro.
Dejó de ser el objeto central de adoración para convertirse en la mujer madura, vestida de gris, que escondida bajo unos anteojos grandes y oscuros pasaba lista mentalmente de los muchachitos que tenía marcados.
Tan bellos, con la carne dura y la mirada perdida en trivialidades. Tan jugosos y jóvenes, con tanta vida derrochándose por los poros.
La vejez se avecinaba con sabiduría y hambre. Un hambre monstruoso, un hambre que le devoraba el estómago convirtiéndola en un saco de jugos gástricos. Hambre con olor a hembra. Hambre que quiebra, que doblega, hambre que obliga a la envidia, a la corrupción, al toqueteo jugoso, a la búsqueda de lo que no se puede tener, lo prohibido, lo perdido.
Se sienta en el bar y mientras pide un te de hiervas lo observa. El número uno tiene que ser especial, es el elegido y aunque aun él no lo sabe ya tiene un altar construido para su círculo de deidades testosterónicas.
Está con una compañera y comparan notas, hablan de sociología, política y religión. Suben la voz tratando de imponer ideas, y la fuerza que emana, la deja doblada en un calambre pélvico.
Espera a que se retiren y lo sigue.
Corre un poquito para alcanzarlo en ese tramo oscuro del camino y cuando está a dos pasos de distancia apoya el bastón en el suelo y tira el bolso. Sabe que se ha dado vuelta, ella hace el esfuerzo por agacharse y él corre a ayudarla. Cuando ese dios obsceno y lujurioso está abajo levantando medicinas, peines y pinturas varias, percibe su aroma. No hay perfume artificial, sólo la dulce esencia de su juventud, de la sangre corriendo sin objeciones. Está a punto de acariciarlo cuando se levanta y le acerca la cartera con una sonrisa tan dulce que la deja sometida a una oleada de espasmos orgásmicos.
Ella está parada, inmóvil, con una mirada estúpida y él comienza a sentirse incómodo.
Le pide que la ayude a cruzar la calle y toma su brazo, en la cercanía de un baldío levanta el bastón y lo golpea con fuerza.
El impacto lo toma por sorpresa. Está aturdido y el dolor punzante en la frente lo ha dejado noqueado por unos segundos, pero la adrenalina lo normaliza y tras empujarla decide huir, al comprobar que bajo el disfraz de anciana hay una mujer fuerte.
Lo ve correr.
Ha quedado con el abrigo entre las manos, no le ha dado tiempo ni a morder esa carne jugosa, se acerca la prenda a la cara, la huele y se orina, casi convirtiéndose entera en fluido caliente.
Cuando llega a su casa, prende la única luz que tiene y que ilumina un estante vidriado de un metro setenta y cinco de alto. Llora un poquito arrodillada ante el altar, se desviste sin apuro y entra al baño a ducharse. En la oscuridad de su morada, sin espejos que le recuerden que la vida avanza y el final se acerca, triplicará el entrenamiento diario, necesita la fuerza de antaño para poder traer a la casa a sus demiurgos.
Pareciese que pasaron mil años desde que su carne de piedra fuera idolatrada, ahora se toca y se hunden los dedos en la flaccidez de los años.
No se mira, desde hace un milenio: mira a los demás.
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