Monstruos que retozan en este sitio:

miércoles, 2 de octubre de 2013

LOBOS


Somos víctimas viviendo en una sociedad hombruna, en donde deambulan machos cabríos que se creen dueños de las incertidumbres, glorias y flaquezas de una mujer.
Nos enseñan a vivir con ojos hasta en la nuca, cuidándonos de ellos: de sus miradas, sus gestos, de las mínimas muestras de agresividad que nos puedan hace sucumbir en una vida de maltratos.
Crecemos con miedo al lobo con piel de cordero. Al hombre que pueda llegar a enamorarnos con una mirada tierna y que con la complicidad de un hogar cerrado bajo llave y candado, nos someta a sus puños de hierro.
Somos víctimas desde que nos enseñan a temer hasta que nos logran hacer entender sobre la fragilidad que nos convierte en tibias flores silvestres.
No soy la excepción.
Soy una víctima.
Les temo tanto, que evito mirarlos a los ojos.
Cuando alguno se acerca a conversar me tiembla la voz, no puedo evitar encontrar indicios de su verdadero pelaje bajo el manto acolchado de su blanca piel.
Y cuando me enamoro es peor, dejo de ser yo, me desbarato. Aun sabiendo que seguramente algo esconden, que no son sinceros y que pronto caeré bajo alguna trampa que me hará sucumbir ante peligros monstruosos, me dejo llevar por ellos, me obsesiono, los persigo, los admiro y trato de controlarme, me pellizco, me tiro del cabello, me castigo obligándome a mantenerme parada con la cara a la pared durante horas para que los pies vuelvan a estar sobre la tierra. Para que no pierda de vista que somos potenciales víctimas ante lobos con piel de cordero.
Por eso cuando J se acercó y me invitó a tomar un café, para cerciorarme de estar en mi territorio cuando se produzca el ataque, lo invité a mi departamento y antes de que pudiera abrir algún cierre de su disfraz para saltar hambriento, lo degollé y me lo devoré yo.
Somos víctimas. No lo olvidemos nunca, estemos atentas.
Fue por este motivo que cuando N me propuso ser su novia, le dije que sí para no enojarlo, pero ante el primer descuido lo drogué, y tiré su cuerpo endurecido y marchito en un camino de tierra, de esos que no conducen a nada y que sólo sirven para que las mujeres temerosas tiren a sus tiranos durmientes.
Busco en potenciales amantes siempre alguna mirada o un indicio de furia contenida.
¡Les temo tanto! Yo tan niña frágil y ellos tan feroces.
Por tal motivo cuando R se acercó con una rosa, le cercené la mano y se la tiré a los perros. La rosa, por supuesto la guardé en un libro, porque en el fondo, muy en el fondo, allá donde termina el territorio de la cordura, soy una romántica empedernida.
Tengo tanto cuidado en la vida que siento que divago en un derrotero de paranoia. Hasta ahora tuve suerte, ninguno tuvo tiempo de mostrar un indicio de colmillo o garra afilada. He sido más rápida, astuta y cuidadosa, casi, casi, ¡como una loba!

martes, 24 de septiembre de 2013

Cuando la parca se enoja

La revista diginal miNatura 129 publica en su edición dedicada a la Inmortalidad, uno de mis cuentos: Cuando la parca se enoja.
He aquí el texto


Cuando la Parca se enoja
Se le murieron los padres. Se le murió el marido, los cinco hijos. El perro que llevó ni bien quedó sola envejeció hasta quedar sin dientes y cayó muerto una tarde cualquiera. 
Las cucarachas de la casa se murieron de aburridas y ella seguía rehusando aceptar la muerte. Cada vez que la sentía acercarse se paraba con las manos en la cadera, sacando pecho y la increpaba con groserías hasta que la Parca se retiraba amenazando con no volver jamás. Durante tres meses insistió. En la última visita fue recibida con una olla de agua hirviendo que le produjo quemaduras de tercer grado en el parietal derecho y parte de la tercera y cuarta costilla. No regresó jamás.
Luego de unos cuatrocientos años, la mujer, hastiada de tanto día solitario y tanta evolución que le pasaba rozando las caderas anchas, decidió enterrarse.
Le pagó a un niño (que intuye podría ser algún tatara tatara tatara nieto) para que la cubra con tierra y desde ese día espera, ni los gusanos se le acercan. 
Los primeros tiempos se le acalambraban las piernas, ahora ya ni las siente. Los brazos están hinchados y tienen la forma de la madera con la que chocan, cree que la muerte podría estar próxima.
Ya pasaron casi cien años y construyeron una casa sobre ella. Al menos no se aburre escuchando las conversaciones de sus ocupantes y evita dar comentarios desde abajo, porque cada vez que lo hace al poco tiempo huyen aterrorizados.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La linterna

No llegué a meterme debajo de la cama, me apuré en cuanto escuché los pasos y la respiración dificultosa. Sabía que vivía conmigo porque veía sus talones cuando se alejaba, sus pies cuando se acercaba, escuchaba sus aullidos algunas noches. No quería verla, me aterraba el sólo hecho de algún día conocer su rostro y no poder dormir más.
No llegué hasta la cama y me escondí tras la puerta con tanta mala suerte que choqué una pequeña mesita y la linterna que estaba ahí para espiar ruidos en la oscuridad, cayó prendiéndose. El haz de luz iluminaba el piso y me apresuré a buscar la manera de apagarla, pero no lo hacía, se había encaprichado en mantenerse prendida, dándome claridad y conocimiento, no quería verla aparecer en su rango de luz, no quería que el humano que dormía en la cama, noche tras noche, tuviera forma. Prefería tener pesadillas con sus ronquidos y sus pies, y no con sus ojos vivos, descubriéndome. La linterna no se apagaba y ante los pasitos apresurados terminé pateándola: el haz de luz podía descubrir su rostro demoledor, o mi presencia aterrada.
El caprichoso objeto fue a parar debajo de la cama, iluminando el zapato viejo y olvidado donde descansaba desde tiempos inmemoriales y el brazo de la humana no sólo agarró la linterna, sino que sacó mi hogar y lo tiró a la basura. Cerré los ojos para no verla, no me importaba si la luz me delataba y sus aullidos me destrozaban la cordura, cerré los ojos y dejé de respirar hasta que sentí la calma que sigue al descanso del humano.

Después del incidente con la linterna, duermo bajo su colchón. A veces se despierta inquieta, he llegado a la conclusión de que algo causa su temor nocturno y eso aumenta mi paranoia. ¿Qué habrá en la pieza que la asusta tanto? ¿Un monstruo acechará tras las paredes intentando que la linterna no se prenda para ser descubierto? Tengo tanto miedo que decidí cambiar mi lugar de descanso, desde esta noche me filtraré debajo de sus sábanas e intentaré dormir a su lado.

martes, 23 de julio de 2013

Mujer distópica

La Revista digital miNatura publica en su edición Nº128 y con la temática "Distopías", uno de mis cuentos: MUJER DISTÓPICA. De más está decir que toda la revista es excelente!!!!!

MUJER DISTÓPICA
Hija única de padres ejemplares, alumna excelente, amiga silenciosa, amante apasionada... tenía tantas virtudes que estaba a una línea de cocaína de convertirse en la abulia menstruante.
Se despertó un día y tras mirarse largo rato en el espejo y convencerse que esas poses de Barbie y Blancanieves compungida, no le ayudarían a encontrar los sinsabores que tal vez le dieran un matiz distinto a su vida, resolvió realizar un cambio rotundo.
Se levantó esa mañana decidida, salió a la calle y caminó descalza por las veredas, con la ropa desplanchada y el pelo sin cepillar, con el olor a mañana descompuesta en la boca sin lavar y las ojeras violetas enmarcándole los ojos.
Escupió, insultó, comió con las manos sucias y cagó en una plazoleta.Nadie osó acercársele y hacia la tarde, cuando el sol regresaba a su tumba, se recostó en un banco de la plaza para descansar de su día distópico que tantas satisfacciones le estaba dando, cuando sintió una mano hedionda tomándole del brazo derecho y obligándola a restituir el orden en su vida. Se la llevaba arrastrando, deshaciendo el camino que tanto coraje le había tomado comenzar y la hizo entrar a la casa dejándole una marca violácea donde apretaba con fuerza. Se escucharon gritos. Sermones de moralidad y respuestas lógicas sobre decisiones tomadas. No hubo manera de convencer a la mano sucia que la había traído, así que no tuvo opción: cuando vio que se concentraba en alcanzar el jabón líquido de rosas para lavarse, tomo el cuchillo y con un certera estocada la dejó agonizante, luego el serrucho hizo lo suyo. Una vez vendado el muñón, volvió a su nueva travesía distópica, dejando su mano izquierda moral y recatada, en un charco rojo pasión, tan obsceno que daban ganas de cercenarse las manos y salir en busca de una inmoralidad orgásmica.

miércoles, 10 de julio de 2013

Fui su amante!


Eras la mujer que necesitaba mi cuerpo, mi psiquis, la vida misma.
Te acoplabas a todo y parecías fundirte a mi persona cuando caminábamos abrazados, por eso, cuando dijiste que querías conocer nuevos horizontes y entablar relaciones con personas ajenas a nuestro círculo, me negué a aceptar la insinuación de que me hiciera a un lado de tu vida.
Por tal motivo aprobé la propuesta y sin renegar, ni chistar, me dediqué a seguir tus pasos con una distancia prudencial y aproximada de 3 metros.
Observé el cambio drástico en los lugares que frecuentabas y la gente con la que solías pasar el tiempo, tu ropa, el diálogo y hasta creo que parte de tu fisonomía también mutó.
Sin querer el seguimiento se convirtió en rutina, lejos de sentirme dolido por haber sido olvidado, me causó curiosidad tu nuevo amor, y el corto tiempo que duró y fue cambiado por nuevas alternativas de vida, socialización y trivialidades varias.
Tu rostro sufría cambios casi imperceptibles con las metamorfosis.
Un año después me encontraste de frente y sentí que me hallaba ante una mujer kafkiana.
Nos sentamos en una plaza a conversar sobre vidas pasadas y superadas.
Hubo un momento en que un joven atractivo en rollers pasó cerca y tu ojo derecho miró hacia él sin que el izquierdo modificara la dirección. Fui testigo del cambio en tus facciones, sentías que habías sido descubierta, te levantaste algo turbada y tras un leve “hasta otra vida” te marchaste, confundiéndote con el paisaje.
Y aunque ya no siento esa adoración que tenía por vos, me gusta contar, al que quiera oír y creer, que por un tiempo corto fui el amante de una mujer camaleónica.
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