La mugre se mueve por entre las plantas, llega a un claro en el bosque y se sienta a dar su diatriba, en los restos de un árbol podrido.
-Las tareas se las diré al comienzo del día y espero que se las cumpla al pie de la letra. Aquí no existen titubeos ni dudas. Orden y cumplimiento. Eso es todo.
La escena la muestra sentada frente a ellas, todas acurrucadas, abrazándose unas a otras. Sucias, esqueléticas. Una tiene un crío, otra una mano cortada con una infección que avanza tomándole el brazo, otra es vieja y a duras penas camina, las otras 3 callan cabizbajas. Ninguna llora, todas quisieran pero ninguna lo hace, saben las consecuencias de una lágrima a deshora. Hay un montón de osamentas tiradas a espaldas de la bestia que les sirve de escarmiento. Si rompes las reglas, rompes la vida.
-Leche fresca a las 9- y mira a la que tiene el crío lactante - a las 12 lonjas de carne de cerdo recién cortadas, a las 2 frutas, a las 5 quiero que limpien la casa y a las 8 comeré el corazón de un niño.
La madre lanza un gemido y ella la mira provocativamente. No se escuchó más. Las ordenes serían cumplidas.
Hay sitios en donde la luz del sol tiene prohibida la entrada. Existen lugares a los que se llega sin querer, que el destino te empuja, haciéndote rebotar entre dolores y frustraciones, hay lugares que no quisieras conocer.
Ellas están ahí. Llegaron seducidas por el aroma de la clorofila y pronto descubrieron la casita de madera, entre la maleza, rodeada de rosas rojas. Con el viento seduciendo sus cabellos. Con el gusto a satisfacción que las hojas de menta dejaban en la lengua.
Creyeron que encontrarían la paz que no lograron instaurar en sus vidas. Imaginaron que el bienestar no era un espejismo y que todo estaba escondido, en un cofre de tesoros, tal vez guardado en el interior de un lugar llamado hogar, y que todo por fin había sido hallado.
A veces el destino te engaña, caminas a ciegas hasta que descubres su escondite y quieres esconderte vos también. Ellas están ahí.
Ya es tarde cuando se dan cuenta.
El cartel que reza "Dios no existe aquí" deja todo explícito.
Entelequias en los susurros de la brisa, cuando te das cuenta, ya no hay camino de retorno. El sendero ha sido borrado por las miasmas de lo alienado.
Se le sirvió la leche, y el niño lloró de hambre.
Para que la bestia no sea molestada se escondió al llorón debajo de una cama, tapado con varios trapos roñosos.
Las tareas se las repartieron entre ellas. A las 8 el corazón crudo estuvo servido en el plato, y la bestia la degustó con la satisfacción de la orden cumplida, haciendo cara de asco cuando los dientes tocaban alguna ramificación un tanto dura. No percibió la diferencia. La bestia no era inteligente. Todas se miraron cómplices. La ausencia del llanto, era para la mugre andante, la certeza.
Se levantó de la mesa y bostezando ruidosamente salió de la cabaña.
Ni bien lo hizo todas huyeron por la parte trasera, adentrándose en la negrura del bosque, llorando por falta de luz, rezando para encontrar la cordura tirada debajo de alguna raíz podrida.
Antes de llegar al amanecer la vieja y la que tenía el brazo lastimado habían quedado en el camino, perdiendo la vida por entre la clorofila engañosa.
Ninguna paró para llorarlas, si se desea escapar se corre, sin mirar quien queda atrás. Cuando la bestia descubriera que su propia cría no lloraba, saldría a buscarlas, aullandole a la oscuridad, que en clara complicidad, también rodearía el bosque para devorarlas.
Monstruos que retozan en este sitio:
domingo, 25 de marzo de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
Mayor tecnología
El día primero, cuando comenzó el final, una pelotita rebotaba por toda la pantalla. No logró concentrarse. Tenía que hacer un informe y completar un esquema para presentar en la reunión del jueves pero no logró concluir nada. Molesta pateó las paredes y golpeó el teclado dejándolo con varias letras menos.
El día segundo una frase corría de arriba a abajo, de derecha a izquierda por toda la pantalla, con una letra tan pequeña que no lograba distinguir lo que decía, pero que terminó por hacerla perder la paciencia. Nuevos destrozos, a la siete de la tarde tuvo que ir a urgencias por un nudillo fuera de lugar. Tenía que aprender técnicas de autocontrol. Estaba casi segura que ese problemita estaba solucionado, no se había roto los huesos de la mano en prácticamente una década. Pero el quid de la cuestión estaba en esa computadora que la desbordaba, arreglado ese tema su temperamento volvería a ser el mismo.
El día tercero llevó la PC a un técnico y le explicó el problema, el hombre con una sonrisa de costado que intentaba dejar en claro que se dirigía a todo un experimentado en el tema, la tranquilizó diciéndole que estaba en un 99% seguro de que era un virus. Luego, experto e inexperta quedaron de acuerdo que dentro de 24 hs. se volverían a ver y que seguramente el problema estaría resuelto.
Esa noche, mientras veía a Freddy Krugger eviscerar a unas cuantas adolescentes tetonas, la frase comenzó a pasearse por la pantalla del televisor. Asustada, se acercó e intentó leerla, pero no pudo.
Esta vez no hubo estallido emocional ni violencia desatada.
Paseó por la habitación unas cuantas horas temiendo que aquellas épocas estuvieran regresando. No quería más pastillas. No quería gente diciéndole que pensar, que decir, que sentir, como encarar las cosas.
El día cuarto fue a retirar su computadora, el hombre de la sonrisa de costado la estaba esperando con un gesto magnánimo que superaba al del día anterior.
-Su PC no tiene nada- sentenció.
-Pero...-
-Seguramente, como es inexperta, tocó algo que provocó un desfasaje ocasional en la pantalla. Está revisada y testeada, no hay nada.
El hombre largó una catarata de explicaciones con términos que no había escuchado nunca y con una mirada casi de soslayo le dejó claro que el problema era ella, porque era estúpida.
Mientras lo observaba percibió un movimiento detrás del hombre, una pantalla sin ordenador se prendió sola y comenzó a emitir un silbido agudo, se tapó los oídos mareada. En letras amarillas, la frase, esta vez de un tamaño considerable, comenzó a pasearse de derecha a izquierda.
Se detuvo en una plaza y tratando de controlar la respiración se sentó.
No debía equivocarse nuevamente o esta vez no la dejarían salir. Tenía que calmar su mente y encontrar la forma de saber que era real y que no.
El celular sonó, había entrado un mensaje, cuando lo leyó un grito agudo le dolió en la traquea y dejándolo caer, reinició su carrera de huida.
El aparato tirado parpadeó unos segundos antes de que la sentencia se borrara:
El día segundo una frase corría de arriba a abajo, de derecha a izquierda por toda la pantalla, con una letra tan pequeña que no lograba distinguir lo que decía, pero que terminó por hacerla perder la paciencia. Nuevos destrozos, a la siete de la tarde tuvo que ir a urgencias por un nudillo fuera de lugar. Tenía que aprender técnicas de autocontrol. Estaba casi segura que ese problemita estaba solucionado, no se había roto los huesos de la mano en prácticamente una década. Pero el quid de la cuestión estaba en esa computadora que la desbordaba, arreglado ese tema su temperamento volvería a ser el mismo.
El día tercero llevó la PC a un técnico y le explicó el problema, el hombre con una sonrisa de costado que intentaba dejar en claro que se dirigía a todo un experimentado en el tema, la tranquilizó diciéndole que estaba en un 99% seguro de que era un virus. Luego, experto e inexperta quedaron de acuerdo que dentro de 24 hs. se volverían a ver y que seguramente el problema estaría resuelto.
Esa noche, mientras veía a Freddy Krugger eviscerar a unas cuantas adolescentes tetonas, la frase comenzó a pasearse por la pantalla del televisor. Asustada, se acercó e intentó leerla, pero no pudo.
Esta vez no hubo estallido emocional ni violencia desatada.
Paseó por la habitación unas cuantas horas temiendo que aquellas épocas estuvieran regresando. No quería más pastillas. No quería gente diciéndole que pensar, que decir, que sentir, como encarar las cosas.
El día cuarto fue a retirar su computadora, el hombre de la sonrisa de costado la estaba esperando con un gesto magnánimo que superaba al del día anterior.
-Su PC no tiene nada- sentenció.
-Pero...-
-Seguramente, como es inexperta, tocó algo que provocó un desfasaje ocasional en la pantalla. Está revisada y testeada, no hay nada.
El hombre largó una catarata de explicaciones con términos que no había escuchado nunca y con una mirada casi de soslayo le dejó claro que el problema era ella, porque era estúpida.
Mientras lo observaba percibió un movimiento detrás del hombre, una pantalla sin ordenador se prendió sola y comenzó a emitir un silbido agudo, se tapó los oídos mareada. En letras amarillas, la frase, esta vez de un tamaño considerable, comenzó a pasearse de derecha a izquierda.
NO DEJES QUE TE TRATE COMO LO ESTÁ HACIENDO.
Escapó. Corrió varias cuadras hasta que dejó de escuchar el zumbido.Se detuvo en una plaza y tratando de controlar la respiración se sentó.
No debía equivocarse nuevamente o esta vez no la dejarían salir. Tenía que calmar su mente y encontrar la forma de saber que era real y que no.
El celular sonó, había entrado un mensaje, cuando lo leyó un grito agudo le dolió en la traquea y dejándolo caer, reinició su carrera de huida.
El aparato tirado parpadeó unos segundos antes de que la sentencia se borrara:
CUANDO ESTUVE EN TU MENTE ME SEDASTE, AHORA REGRESÉ CON MAYOR TECNOLOGÍA, TUS PASTILLAS YA NO CALLARÁN MI VOZ.
jueves, 8 de marzo de 2012
MUJER
-Hasta aquí llego, tengo los pies cansados-
La mujer se sienta en la tierra y examina las plantas de los
pies, hay zonas abiertas, sangrando y otras endurecidas, callosas.
Se recuesta y no le importa el infernal sol sobre el rostro,
la bravura de las hormigas que arremeten con saña contra su piel curtida.
Nada vale la pena, el cansancio la invita a rendirse, a bajar
los brazos y huir en silencio.
¡Qué nadie la oiga! ¡Qué no se sepa que ella pasó por aquí!
En la somnolencia se asoma en puntitas de pies y rememora
sus antiguas vidas.
Fue madre y lo disfrutó.
Fue guerrera y no se arrepiente.
Amó, lloró, perdonó, fue infiel, sintió rencor, miedo, desasosiego.
Se vio humillada y luchó por su dignidad. La subestimaron y
demostró que valía.
Quiso brotar y en más de una ocasión murió con las raíces
podridas, en otras vidas obtuvo revancha y no sólo floreció… también vio frutos
y sus semillas germinaron en tierras salobres.
No fue madre y aun así se sintió mujer, no quiso amar a un
hombre, se obnubiló con la perfección de unas caderas anchas y no por ello se desvalorizó. Gritó su sabiduría sumergida en las
ciencias y le contó los secretos de la tierra a sus descendientes campesinos. Robó para dar de comer, mató para proteger sus crías. Hizo de su cuerpo un enjambre de pasión o lo reservó para sólo un ser.
¡¡¡Fue mujer tantas veces y de tan diferentes formas que no
hay manera de bajar los brazos!!! No se puede. No, por ella. No, por todas
aquellas que murieron defendiendo el derecho a ser hembra y ser dueña de su vida, de su cuerpo, de su sexualidad, de su mente, su pensamiento, su valía.
¡Dueñas! Diosas poderosas.
Se sentó y extrajo cada uno de los insectos que habían
anidado en su cuerpo.
Se levantó rengueando un poco, sacando pecho, con la cabeza
en alto y siguió el camino… dejando huellas de sangre, regando la aridez de la
tierra con llanto, anunciando al mundo su presencia con su risa que ilumina y oscurece.
Allá va de nuevo, hija, madre, hermana, amante: caerá y
resurgirá… como tantas veces lo hizo.
sábado, 18 de febrero de 2012
Bajo el refugio
¿A quien se le ocurriría salir del hotel y perderse en una noche fresca, nublada, sin luna, sin diablo, sin dios?
¡A ella!
¿A quien se le ocurriría alejarse aun más buscando el camino de retorno y meterse por calles que destilan ausencias, mojadas de llantos ajenos, pululando sirenas que anuncian peligros que se oyen y nunca se ven?
¡A ella!
Mirala. Tiembla.
Una cuadra antes divisa el refugio de una parada de ómnibus, alguien seguramente podrá auxiliarla, no encuentra otra alternativa, no existe mayor ayuda a su alcance que esa. Ni un alma se asoma a las calles pobremente iluminadas por más que golpea puertas y toca timbres. En su imaginario ellos le temen a algo y ese algo se arrastra lento y seguro dos pasos detrás, oliendo la esencia de sus huesos, babeándose ante la pronta cena. Se acurruca junto a un tacho de veinte litros, bajo el refugio, y espera.
El primer sonido la hace voltear, el monte que se alza a escasos metros de su espalda no ayuda.
¿Habrá un perro, un conejo, un hombre, una mujer, un asesino, una sicótica, un monstruo, el demonio mismo?
Se auto-convence de que fue sólo su imaginación.
Pero el chasquido está ahí de nuevo.
(Contené la respiración... prestá atención... ¿vos también lo escuchas?)
Se abraza al tacho dándole la espalda al muro de plantas, un estremecimiento en el pecho la aparta de su protección. Algo se movió dentro.
Tal vez el sonido no venía del monte.
Tal vez el sonido, el peligro, el asesino, la muerte está husmeando en la basura, entre latitas de gaseosa y sobras de comida.
Cric! ahí esta el ruido de nuevo. Crac! el tacho se ha movido, temblando en la vereda, cobrando forma. Tal vez no exista un monstruo adentro sino el mismo contenedor es un demonio encubierto, esperando que su manita se asome con una servilleta de papel para ser tirada y la tome del brazo, ¡cercenándolo hasta el hombro!
Mientras se aleja del tacho, se acerca al monte.
Mientras se aleja del demonio se acerca al infierno.
¿A quien se le ocurriría salir del hotel y perderse en una noche fresca, nublada, sin luna, sin diablo, sin dios?
¡A ella!
¿A quien se le ocurriría alejarse aun más buscando el camino de retorno y meterse por calles que destilan ausencias, mojadas de llantos ajenos, pululando sirenas que anuncian peligros que se oyen y nunca se ven?
¡A ella!
El tacho se ha movido con fuerza, no es su mente, hay algo dentro que busca salir.
Ojalá pudiera gritar y huir despavorida, ojalá le respondieran las piernas y pudiera correr!!!!
La escueta iluminación ayuda a que las cosas tomen formas extrañas, hay un bulto que apenas se asoma y queda estático por un momento luego casi saltando, la mitad de un cuerpo aparece por entre la basura y grita histéricamente.
Ella también lo hace, pero reconoce el terror en los ojos de quien aúlla desde el tacho y señala hacia el monte.
La muchacha reacciona rápidamente... ¡¡¡pero es tan tarde!!!
¿A quien se le ocurriría pararse ahí a esperar un omnibus que no existe, entre un tacho que se mueve y un monte que guarda secretos?
Sólo a ella.
jueves, 9 de febrero de 2012
La lección
Siente la conciencia rascándole la espalda, ella amó con tal magnitud que todo lo demás ha sido reducido a tenues hilvanes dados en la vida.
Nunca fue niña, ni hija, nunca antes de verlo nació, ni fue parida por ser tangible. Recuerda poco de lo que había antes de conocer sus ojos, tal vez alguna voz opacada por el tiempo, tal vez alguna mirada desdibujada por el olvido.
Lo ha visto entrar a la casa, espera verlo salir.
Se acerca hasta la puerta inventando valentías, cosiéndoselas en la suciedad ectoplasmática que le recubre las manos.
Toca el timbre y espera.
Si tuviera corazón saltaría ansioso.
Si tuviera sangre correría alocada por las venas.
Él abre la puerta...
Él abre...
Él...
Llora sintiéndose vacía ante la corrupción de su cuerpo, grita esperando que su desesperación se haga estruendo y llegue a sus oídos.
-Aun estoy, aun te amo, aun creo que me amaste, sólo que no supiste hacerlo bien- no quiere llorar, quiere que la sienta valiente y enamorada.
Él descubre el frío maloliente que flota frente a su puerta y con saber a bilis en la boca cierra con llave y regresa a la cocina.
No sabe que ella ha entrado.
No sabe que ella aun lo ama.
No sabe que ella lo ha perdonado, que llega para devolverle la herida y empezar de cero otra vez.
Se acomoda en el sillón que corona la sala, frente al enorme televisor.
Le duele el pecho, el brazo izquierdo se niega a obedecer sus órdenes.
Se asusta. Intenta calmarse y camina como puede hasta el teléfono.
Todo el lado izquierdo de su cuerpo pesa, arrastra la pierna, arrastra la muerte, ella se ha aferrado a su calor, ella está bebiendo del néctar dulce de su vida.
Él la amó mal, ella lo amará bien, lo rescatará de la vida, lo arrullará en la muerte y le enseñará que no se rompe a quien tanto lo quiere, una vez que le haya enseñado que así no se ama, en calma, unidos, sin otras direcciones por seguir... él la amará como debió hacerlo y la lección habrá sido aprendida.
Nunca fue niña, ni hija, nunca antes de verlo nació, ni fue parida por ser tangible. Recuerda poco de lo que había antes de conocer sus ojos, tal vez alguna voz opacada por el tiempo, tal vez alguna mirada desdibujada por el olvido.
Lo ha visto entrar a la casa, espera verlo salir.
Se acerca hasta la puerta inventando valentías, cosiéndoselas en la suciedad ectoplasmática que le recubre las manos.
Toca el timbre y espera.
Si tuviera corazón saltaría ansioso.
Si tuviera sangre correría alocada por las venas.
Él abre la puerta...
Él abre...
Él...
Llora sintiéndose vacía ante la corrupción de su cuerpo, grita esperando que su desesperación se haga estruendo y llegue a sus oídos.
-Aun estoy, aun te amo, aun creo que me amaste, sólo que no supiste hacerlo bien- no quiere llorar, quiere que la sienta valiente y enamorada.
Él descubre el frío maloliente que flota frente a su puerta y con saber a bilis en la boca cierra con llave y regresa a la cocina.
No sabe que ella ha entrado.
No sabe que ella aun lo ama.
No sabe que ella lo ha perdonado, que llega para devolverle la herida y empezar de cero otra vez.
Se acomoda en el sillón que corona la sala, frente al enorme televisor.
Le duele el pecho, el brazo izquierdo se niega a obedecer sus órdenes.
Se asusta. Intenta calmarse y camina como puede hasta el teléfono.
Todo el lado izquierdo de su cuerpo pesa, arrastra la pierna, arrastra la muerte, ella se ha aferrado a su calor, ella está bebiendo del néctar dulce de su vida.
Él la amó mal, ella lo amará bien, lo rescatará de la vida, lo arrullará en la muerte y le enseñará que no se rompe a quien tanto lo quiere, una vez que le haya enseñado que así no se ama, en calma, unidos, sin otras direcciones por seguir... él la amará como debió hacerlo y la lección habrá sido aprendida.
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