La Revista digital PENUMBRIA publica en su edición N°5 uno de mis cuentos.
Los invito a que pasen a leer: EL INTRUSO, página 15, haciendo clic en el cuadro de abajo.
Gracias.
Quería ofrecer resistencia a la unificación social: sus reglas, doctrinas y otras yerbas que nos congregaban alrededor de una paleta de colores uniformes. Todo en bien del prójimo, para no dañarlo, para que no se sienta intimidado y pueda vivir en paz y felicidad. Pero las leyes de convivencia eran violadas a diario y ella podía verlo en cada paso que daba por las veredas, y los que se animaban a remar en contra de la corriente tenían algo en común: el pelo suelto y olor a viento. Imaginó que ahí podría estar la clave de la revolución, estaba un poco hastiada de su vida ocre y quería ser parte del movimiento revolucionario, la sociedad le podía imponer sus normas pero estaba en ella mandarlas a la puta que los pario. Le faltaba el aire de sólo pensarlo, así que para poder comenzar de a poco e ir acostumbrando su organismo al cambio, decidió iniciar su revolución desde la casa: ¡¡¡Dejaría de cortar el pasto!!!!! y no sonrían,que el tema no era moco´i pavo. Cada día se levantaba y antes de cepillarse los dientes o pasarse un peine por el cabello enmarañado, tomaba la regla y medía la altura del césped: 10 cm era lo justo, ni un milímetro más. ¡Pero eso ya era historia! La sociedad y su discurso sobre la conservación del hogar en estado de limpieza absoluta para que no se generen plagas como víboras, roedores o duendes africanos venenosos estaba a punto de ser tirada a la basura, y si alguien se acercaba a decirle algo, se soltaría el cabello trenzado y los atacaría con sus nuevas ideas liberales... y que dicho sea de paso, distaban de ser altruistas. La nueva mujer se sentó en la puerta de la casa a ver crecer el césped, tiró a la calle la regla para no tentarse y se abstuvo de comer para no seguir vomitando cada vez que se cercioraba de los milímetros de plantas que absorbían altura, oxígeno y visibilidad. Durante un mes se paseó por el interior de la casa, con la ropa sucia, el rostro demacrado, ingiriendo mínimas raciones de comida y agua. Miraba de reojo la podadora y se mojaba con orgasmos feroces. ¿Sería posible que la revolución empezara desde lo insano? ¿Estaban locos los que pensaban distintos y querían romper el yugo, para levantarse como seres individuales e independientes, del grupo mayoritario? ¿Ella quería eso? Al cuadragésimo día decidió que los cambios no eran para ella, que necesitaba sentirse parte del tibio confort de no decidir, de imitar, sonreír y vagar por la existencia siendo la excelente persona que siempre fue. Tomó la podadora, abrió la puerta y un monte de dos metros cincuenta de altura la atrapó entre sus garras espinosas, gritó alarmada, intentó entrar nuevamente pero las serpientes se le enredaron en las piernas y las arañas subieron buscando los orificios de la cara para poder anidar y tener crías. A la vecina la encontraron muerta, abrazada a su podadora, en medio del jardín, con un pasto de casi 80 centímetros. Todos negaban con la cabeza cuando vieron a los forenses luchar por separar las manos duras del mango de la cortadora de césped, no había dudas, ser distinto no sólo era insano... ¡ponía en peligro sus vidas!
El viaje tendría que haber sido de placer. Una experiencia inolvidable, pero por lo grata y no por el horror que despertó en mí. Cuando me perdí en la indómita selva, debo admitir, que por un tiempo razonable me sentí una mujer con suerte a punto de vivir su más grande aventura, no sentí temor, mi irresponsabilidad innata me lleva a meterme en toda clase de situaciones incómodas o peligrosas sin medir las consecuencias. Los conocimientos adquiridos en técnicas de supervivencia me ayudaron a pasar los dos primeros días sin mayores inconvenientes... hasta que los encontré. Vivían en lo más recóndito del monte y no tenían contacto con otros seres. Se asombraron tanto al verme como yo de encontrarlos. Exteriormente no se diferenciaban del humano promedio, salvo algunas características tales como el color de la piel: rojiza, tan parecida a la tierra que si se tendían sobre ella uno pasaba sin advertir su presencia. Carecían de cabello y los ojos amarillos (como si tuvieran alguna falla hepática) estaban coronados con un iris naranja. El primer día fui acogida por una vieja que me llevó a una choza, y acomodó en un rincón una serie de mantas que sirvieron de cama. Ella se sentó en la entrada y vigiló mi sueño. Durante la noche desperté con su cuerpo que se movía de un lado al otro, se le escuchaba el ruido del estómago e imaginé que tenía hambre. Con los ojos acostumbrados a la oscuridad la vi salir e incorporándome la seguí. La vieja se desnudó en la entrada y caminó un par de metros por medio del monte hasta encontrar en un claro la choza vecina, se paró frente a ella y maulló. Fue un sonido intenso y sorpresivo que me erizó los vellos de los brazos. Un niño salió hipnotizado por el grito y cuando estuvo cerca, el cuerpo de la vieja cayó abierto. Era como si la piel se hubiese destruido y los huesos evaporado. Podía ver perfectamente los músculos, los intestinos, el estómago, los pulmones, todo amontonado en un saco sanguinolento. La criatura caminó sin pestañear y cuando pisó el caldo sangriento despertó con un grito desgarrador. Nada pude hacer, el niño se deshizo, lo vi caer en una nube de humo con un olor tan nauseabundo como perturbador. No alcancé a hacerme a un lado para vomitar, lo hice sin moverme, ensuciando la ropa con mis jugos estomacales. El cuerpo de la vieja poco a poco comenzó a recomponerse, se elevaron los órganos colocándose cada uno en su lugar, burlándose de toda ciencia biológica o teoría de gravedad. Lo último en encontrar su posición primigenia fue la órbita del ojo derecho, y lo hizo sin perderme de vista. Una vez rehecha me contempló silenciosa y se acercó, con el vientre hinchado, evidentemente satisfecha. ¿Imaginarían que corrí? ¿Que grité? ¿Que intenté dañarla o defenderme? Imaginan mal. Quedé paralizada, esperando que se acercara y me consumiera. La vieja se tomó su tiempo, inclinaba la cabeza de un lado al otro como intentando descifrar que hacía yo a esa hora siguiéndola, y cuando creyó solucionar el acertijo se acercó, ahuecó las manos y haciendo unas arcadas regurgitó un par de deditos pequeños y unos cuantas lonjas largas de carne que le quedaron colgando de la boca, adheridas al mentón. El ritual de alimentación fue más fuerte que mi cordura. Grité tan demencialmente que la vieja retrocedió alarmada, y aproveché para huir. ¡Corrí tanto! ¡Lloré tanto! Me encontraron a la mañana siguiente desvanecida en un claro de la selva muy cerca del lugar de donde partí. Me costó hablar y me dolía recordar. Por momentos creía que tal vez todo había sido producto de una mente cansada y que desvariaba por el hambre y la deshidratación, pero los recuerdos regresaron tan nítidos como aterradores cuando encontré mi ropa sucia, con olor a vómito y un dedito pulgar pegado en una de las mangas.