Monstruos que retozan en este sitio:

domingo, 12 de junio de 2011

¡Teresa era una buena madre!


Con los entierros compartían vivencias.
La madre les enseño a atesorar aquellos pocos momentos juntos los domingos.
De lunes a sábado: el colegio, trabajo, deportes, amistades, reuniones, colegas, camaradas y demás ocupaciones no les permitía pasar más tiempo como familia.
Por tal motivo, los domingos hacían velorio de 1 hora a cajón cerrado y entierro, todo ese mismo día, con café y masas de por medio, charlas amenas, sonrisas cómplices, halagos varios. El café era ahora que los hijos estaban grandes, ¡Teresa no era mala madre! Mientras fueron chicos era chocolatada con vainillas.
Durante la semana se recolectaba lo que moría y se lo guardaba hasta la llegada del día indicado: dientes de leche que caían, cabello cortado, pedazos de uñas, a Lucas a los once le extirparon el apéndice pero como no lograron recuperar el órgano se hizo un funeral simbólico con 300 gramos de carne picada comprada en la carnicería de la equina.
Cuando el gato les murió un lunes lo guardaron en el freezer hasta el domingo, pero metido en tres bolsas de consorcio para no contaminar la comida que se guardaba ahí ¿ya les había dicho que Teresa no era mala madre? ¡Ella cuidaba esos detalles!
Cuando Rodolfito le contó que había perdido su virginidad, ese domingo se sepultó un frasquito con sangre, por la inocencia perdida. Se la extrajo con la ayuda de varias jeringas (y de Lucas que tuvo que sostener a su hermano que se negaba a donarla), luego por supuesto un desayuno suculento para que no se sintiera débil durante el día.
¡Teresa era buena madre!
Rodolfo fue el primero en casarse y abandonar el hogar, por alguna extraña razón le confesó a su progenitora que no continuaría con la tradición de los entierros dominicales con sus hijos.
Lucas se puso de novio al año siguiente y el domingo previo a su boda, Teresa les pidió a sus hijos que asistieran al último funeral familiar.
Había sido una buena madre y ahora el nido quedaba vacío.
El domingo a la mañana ingresaron temprano al hogar y se recostaron los 3 en la mesa, con las manos unidas en el pecho y tres sillas vacías como acompañantes. Lucas fue el primero en protestar. Teresa era buena madre y no permitía desobediencias ni atrevimientos, una bofetada bastó para que se recostara de nuevo.
A las tres de la tarde se abrió la puerta y salieron los hijos.
Atrás quedó la madre recostada en la mesa.
Teresa había sido buena madre y los crió bien.
Pero los hijos siempre se rebelan al final. Ninguno se dignó ni siquiera a enterrarla.
Cuando les pidió a cada uno el semen que su útero agonizante necesitaba para poder procrear una nueva descendencia, y se levantó la pollera gris y amplia mostrando la falta de ropa interior... ¡ellos! como los malos hijos en que la vida los convirtiera se negaron, desobedeciendo a los mandatos matriarcales y se levantaron furiosos sublevándose a los designios.
-¡Vieja sucia!- gritó uno antes de levantar la mano.
¡Pobre Teresa, ni un funeral decente se le dio!
El gato que suplantó a aquel muerto y congelado se la terminó por comer, no sin antes invitar a varios de sus congéneres al festín
.

lunes, 6 de junio de 2011

Diosas de la noche, carne para las hienas.

María y Cándida trabajan limpiando las oficinas del Sector C de administración. Es viernes y entre risitas comentan los planes nocturnos.
El pago semanal se hará a las seis de la tarde y tienen siete horas más para ir de compras y pasar de ser cenicientas a princesas rabiosas de poder.
Con el escaso sueldo que cobran se las arreglarán para comer algo liviano y comprarse unos zapatos que figuran en liquidación. Están seguras que esa noche será "la noche". Les brindarán al oscuro submundo de la algarabía el perfecto espectáculo de dos diosas adolescentes deseosas de aventuras, amores y bailes lujuriosos.
Mientras se visten, Juan llega con una botella de cerveza.
¡Juan es lindo! Tiene esos ojos azules que martirizan a cualquier niña y una charla que se adecua a cualquier edad.
Ellas lo han escuchado hablar de cirugía de alta complejidad con unos médicos del Sector C de administración y luego conversar con ellas del rock chabón que se mastica los viernes a la noche para relajar la mandíbula que se tensa durante la semana.
Juan, es un buen tipo. Se muestra atento. Se ha llegado hasta la casilla que comparten para ahorrar gastos y les lleva cerveza, para salir a bailar contentas, y con toda la "buena onda".
¡Si!, Juan es un tipo que tira buena vibra.
Les ofrece llevarlas y en el auto hay más bebidas. Unas azules de sabor dulzón, otras verdes que queman y un polvo blanco que él les invita a aspirar.
María y Cándida son dos niñas con suerte, esa noche serán mujeres de pechos perfectos que doblegaran a cuanto hombre se cruce en sus caminos.
María y Cándida se ríen divertidas y prueban el fruto prohibido que les abrirá los ojos a una dimensión desconocida de placer carnal.
Saltan, se avientan a ello. Nada en este mundo les será negado.
Son diosas de la noche con mirada gatuna.
Ninguna quiere arruinar la noche de la otra.
Ninguna acepta que los mareos son cada vez mayores y que el estómago está a punto de reventar.
Los ojos gatunos se pierden en un sueño conciliatorio.
Un pequeño descanso y estarán como nuevas.
Sólo basta cerrar los ojos y descansar unos minutos.
María se despierta con la voz de Cándida que la llama. No logra reconocer el habitáculo donde se encuentra o el lugar desde donde le llega la voz de su amiga.
El dolor que el cuerpo le manda, como ondas destructoras a su cerebro, es algo que a duras penas logra controlar.
Se incorpora, está en una cama maloliente, con un líquido pegajoso en la zona abdominal.
El dolor es profundo. Llora. Corre la sábana y descubre una herida suturada con un cosido rústico en la zona derecha de su vientre.
Un alarido agudo le lastima la traquea en un intento por entender.
La aguja aun está clavada en un punto que no fue cerrado en su totalidad.
-María no grites- le susurra Cándida, regresándola a la realidad brutal, y la busca con la mirada tratando de encontrarla entre la penumbra.
Se levanta como puede, camina hacia la entrada. La pieza es pequeña, oscura, y huele a muerte.
La puerta se abre y reconoce la silueta de su amiga.
Llora al verla y le extiende los brazos para abrazarla, pero Cándida la detiene.
-No te acerques. No me mires- le ruega -Vamos a salir de aquí.
-¿Qué te hicieron?-llora la niña, intentando alcanzar a su amiga que se aleja presurosa, tropezando en la oscuridad del pasillo, buscando la salida a esa trampa mortal.
Le duele la herida, camina con dificultad, pone la mano arriba de la enorme aguja para que no se enganche con nada, intenta no mirar y llora.
-Mami- grita desesperada- Mami- solloza en un intento sobrehumano por responder con fuerzas y no sucumbir al dolor y la sensación de perdición.
-No grites María- le ruega la niña que va delante.
Llega a la puerta y la abre, afuera está la salvación, una oscura noche rodea el lugar y la calle está desierta... ¡pero es la salida!
María se ajusta la sábana a su cuerpo desnudo y herido. Sale.
Aun no le ha visto el rostro a Cándida, siempre se mantiene en los ángulos oscuros y su silueta tiembla, no atraviesa el umbral.
-Vamos- la incita y le tiende la mano.
-No María, hasta aquí llego, corre y busca ayuda.
La muchacha se horroriza ante la idea de dar un paso más allá sin su compinche.
Quiere acercarse y Cándida cierra la puerta y le grita.
-¡Corre María! pueden estar por regresar… corre y busca ayuda.
Un auto se acerca.
La desesperación se apodera de la adolescente que llora adolorida y sumida en un trauma profundo cruza la calle alienada, gritando a rabiar, corriendo ya sin sentir como la aguja se enreda en la sábana y tira de los puntos haciéndola sangrar.
Contarte como María consiguió ayuda está de más.
Tú, lector, lo puedes imaginar: el horror, el dolor, el instinto de sobrevivencia, la fuerza de una adolescente y sus ganas de vivir.
La casa estuvo rodeada por la policía en menos de una hora. La ambulancia, con ella en su interior, se trasladó al lugar para rescatar a la otra niña que seguía prisionera en el lugar.
Le hablaron del tráfico de órgano y que tendrían que hacer una serie de estudios para saber que le faltaba a su cuerpo.
La sola idea de que le podían haber robado un pedazo de su cuerpo no tenía cabida en esa mente de niña inocente, como tampoco el hecho de que su amiga había tenido una suerte peor.
Cándida estaba muerta.
Le habían sustraído el hígado, riñón y los globos oculares con tanta saña que su cuerpo estaba prácticamente destrozado.
La doctora que intentaba calmarla le explicó que era imposible que Cándida la hubiese ayudado en su escape porque el cuerpo llevaba muerto varias horas.
¡El cuerpo llevaba muerto varias horas!
No era posible, ella estaba segura que su amiga se había arriesgado a todo para salvarla.
La aguja se insertó en el brazo y la calma llegó en cuentagotas.
Se desdibujó su entorno.
Sentía como la doctora le acariciaba el cabello y pudo verla detrás.
¡Su Cándida la miraba desde atrás!
Intentó levantar el brazo para señalarla y que los otros pudieran verla también, que estaba viva, que era su ángel guardián… pero el sopor de un tranquilizante endovenoso, la sumió en el más profundo y triste de sus sueños.
La pesadilla había comenzado y tardaría en terminar.

jueves, 2 de junio de 2011

MUJER PERRO (el final)

Doña Clara, la del departamento 3, se asomó al balcón asustada.
Doña Irma, la del departamento 5, ya estaba fuera.
-¿Dios mio, que está pasando ahí?- preguntó, mirando en dirección al departamento 2.
Los gritos del hombre, las había hecho salir aturdidas.
-¡Qué les pasa che!- exclamó una, mientras les golpeaba la puerta.
A los cinco segundos, los sonidos cesaron.
Las mujeres se miraron entre ellas y luego cada una entró a su domicilio.
Ya casi era de noche y ninguna advirtió la fina linea de sangre que salía por debajo de la puerta.
Pero al día siguiente, el amanecer las obligó a descubrir el charquito que se había formado.
Una gritó, otra lloró, una tercera vieja golpeó la puerta y una cuarta por fin llamó a la policía.
Estaban en este proceso cuando la puerta de la terraza se abrió. Era una terraza pequeña que estaba en el recodo del edificio y donde la gente aprovechaba para tender la ropa. Las mujeres, desde donde estaban, podían ver perfectamente quien salía.
Al principio no la reconocieron.
La vieja que hacía un rato lloraba lanzo un alarido monstruoso que hizo asustar a las viejas que se encontraban a su lado.
Una mujer, de unos 25 o 30 años, con el cuerpo practicamente entero barnizado en rojo oscuro apareció con algo que en un principio parecía ropa... pero que no lo era.
Sin prestar atención, en un estado como de trance, se dedicó a colgar lo que tenía en las manos, aquello que parecía ropa... pero que no lo era.
Tomaba los broches y las dejaba bien sujetas a la cuerda.
No eran prendas. Parecían... pero no lo eran.
Extendió 4 trozos y volvió a entrar sin importarle los gritos de la gente que ya se congregaba en el balcón.


La mujer que antes fuera mujer perro pero que ahora se negaba a serlo entró al departamento y se sentó en el piso junto al cuerpo de su marido que con los años se convirtió en amo y que ahora era el tirano destituido y despellejado.
Se quedó mirándolo unos cuantos minutos, que fueron horas o siglos, ya no importaba.
La fortaleza que había experimentado empezó a diluirse y a escaparse de su cuerpo. Por los ojos, aguandole la vista. Por la entrepierna, llenándole los muslos de un líquido caliente.
El amo, tirano, dueño absoluto de las caricias en la cabeza estaba muerto y la certeza de que a pesar de todo, lo había amado, empezaba a abrumarla.
La soledad le hacía cosquillas en el estómago y comprendió que debería salir a buscar un nuevo amo.
¿Cuantas veces él le había hecho entender verdades a fuerza de puñetazos? y una de esas era que ella sola no servía para nada, que necesitaba de alguien que le muestre el camino, que el estigma de haber nacido mujer lo cargaría como monstruosa mochila, doblándole la columna vertebral, por el resto de los días.
A la mujer perro creada a patadas y con humillaciones varias le habían roto la caja de la razón y los resortes saltaban todos desparramados por la sala de la cordura.
La mujer que devino en los años a mujer perro... estaba ahora rabiosa.


Querían tirar la puerta a patadas.
Los vecinos, todos viejos de más de 70 años, no podrían, y la policía siempre tardaba en llegar... si es que la habían llamado... si es que la vieja aturdida por la crisis de nervios había llegado al teléfono sin desmayarse en el camino.


Lo lloró en un duelo de quince minutos mientras se bañaba y otros 5 minutos más mientras se vestía.
La mujer perro se limpió la espuma que le salía de la boca para que ningún veterinario la reconociese como rabiosa y se retiró por la puerta trasera de emergencia con total comodidad, y caminó por las calles con un bolso grande al hombro, dentro llevaba la mano del amo anterior por si necesitara de caricias en la cabeza hasta que encontrara otro.
La mujer perro había probado la carne cruda.
Y cuando un perro la prueba, dicen, que luego vuelve por más.

FIN

miércoles, 1 de junio de 2011

MUJER PERRO (Segunda parte)

Cuando la corregía trataba de hacerlo con suavidad para no dañarla... demasiado.
Cuando le advertía que no quería verla conversando con alguien, lo hacía con delicadeza para no lastimarla... demasiado.
Pero por más que lo intentaba la situación siempre se le escapaba de las manos.
El hacía todo lo posible (¿lo hacía?).
Era ella la que lo exasperaba y terminaba enfureciéndolo (¿en serio?).

-No me contestes- amenazó, y el hecho de que ella tomara aire para articular una palabra implicaba una afrenta.
Y uno debía dejar bien claro quien mandaba y quien obedecía. Quien estaba a la cabeza y quien se arrastraba detrás de él.
Está bien, se había pasado un poco, ¡pero ella lo buscaba!
Ella sabía que no tenía que hacerlo enojar y le buscaba la quinta pata al gato y la pulga a la pulga también.
¡Así no se podía vivir!
¡Ella tenía toda la culpa!
El placer que sentía con cada quejido que lograba sacarle o grito ahogado, era morboso.
Pidió disculpas y creyó que prepararía café. Fue a darse una ducha pero al volver, ella estaba todavía parada junto a la canilla abierta y murmurando algo sobre un perro. Le tocó el brazo y fue como si la despertara de un sueño.
Se volvió hacia él y comenzó a gritarle como loca, con los ojos que parecían salidos de sus órbitas.
Se le abalanzó y lo único que atinó fue a darle un puñetazo para defenderse y calmarla, pero lejos de hacerlo la mujer se levantó del piso todavía gritando.
El rostro desencajado, las manos como garras, totalmente fuera de si.
Nunca lo admitiría, pero en ese momento ella lo estremecía.
Golpeaba los pies con fuerza cada vez que daba un paso, parecía uno de esos luchadores de sumo dispuestos a atacar.
¿Todo esto era una broma?
Se le tiró encima y la escuálida figura de la mujer lo volteó. ¡Pesaba el doble!
Era como si fueran dos personas.
Una: la muñeca de trapo en la que se había convertido con los años la mujer con la que se había casado, y la otra: la muñeca de trapo enloquecida.
Intentó sacársela de encima pero la lucha era desigual.

(La bravura de la muñeca alienada puede llegar a triturarte los huesos mientras sonríe y se fuma un cigarrillo)
El cobarde salió de lleno y con gritos agudos pidió auxilio y gritó desesperado.

La muñeca de trapo era un titán y lo estaba destrozando.


...continuará

lunes, 30 de mayo de 2011

MUJER PERRO (Primera parte)


-¡Te juro que voy a cambiar!

¿Se cambia?
Cuando tienes la oscura peste incrustada en la mente, que corroe el alma y endurece el puño... ¿se cambia?

Sentada con las manos en el regazo, no vencida pero si cansada, con la sangre seca decorandole el labio y las marcas oscuras barnizandole un ojo.
Pensó que tal vez si esperaba un poco, si se portaba mejor, si la paciencia le hacía autista y miraba a otro lado cuando las furias se convertían en tormentas y los rayos caían sobre ella, tal vez con el tiempo él cambiaría y ella algún día podría ser feliz y abrazarlo sin temer y besarlo sin sentir el saber metálico de la sangre entre los dientes, en los labios no, porque ya estaban amortiguados.
Tal vez. Si. ¡Seguramente si! La paciencia todo lo puede... ¿o era el amor?
Él levantó el brazo para acariciar el rostro magullado y ella en un instinto primitivo de autoconservación levantó la mano para protegerse la cara. La sonrisa de complacencia pudo más que las ganas de fingir.
¡Cuan duro y macho lo hacía sentir esa mujer subordinada a su poder!
-No te voy a hacer nada- le dijo gracioso y ella bajó el rostro en silencio, con las lágrimas empapando el rostro, con las fuerzas extintas, con un dibujo extraño en el labio.
-Ya está, no era para tanto, hace café, me voy a bañar- siguió, como si la gresca de media hora antes hubiese sido algo totalmente ajeno a aquellas cuatro paredes, como si lo hubiesen visto en la televisión, en alguna novela, con actores afganos y en una lengua totalmente desconocida y perdida en el tiempo.
Antes de alejarse le toco la cabeza y ese toque hizo un crack en ella.
¡Le habían hecho la misma caricia que se le hace a un perro!
Ella, era un perro.
Un animal depediente de su amo para recibir el amor y una zurra también.
Caminó hacia la cocina y mientras llenaba de agua la pava sintió como el pecho se le inflaba de extraños sentimientos. Se hizo a un lado y vomitó. Se quedó mirando el charco, atónita. Acababa de vomitar algo extraño. Se arrodilló acercando la cara lo más que pudo casi tocando con la punta de la nariz el mejunje. Entre los líquidos había una mujercita pequeñita, de no más de 5 centímetros, tirada en posición fetal, con las costillas rotas y los dientes partidos, con las piernas fracturadas y los órganos sangrando. Los detalles no los podía ver pero inexplicablemente ella sabía que esa mujercita los tenía... y estaba muerta.
Se levantó sonriente.
Era ella.
La última tunda la había matado y su cuerpo había expulsado el objeto extraño.
Si ella ya no estaba en su interior... ¿que mujer era ahora? ¿Quién era en ese momento?
Se miró. Si, era distinta. El perro ya no era perro y no merecía el toque en la cabeza. La mujer perro acababa de ser expulsada y estaba muerta, tirada en el charco de vómito y ya olía mal.
Un empujón la despertó.
-Poné el agua para el café che.
Estaba con la canilla abierta y el agua corriendo, la pava a unos centímetros.
A veces le pasaba, continuaba con una extraña línea de vida para despertar y darse cuenta de que todo lo estaba soñando con los ojos abiertos.
Miró el piso y no había vómito, pero el estomago estaba más ligero.
Ya no quería ser la mujer perro.
El pensamiento la dejó confundida porque había una certeza en su mente.
YA NO QUERÍA SER LA MUJER PERRO.
-¡¡¡ya nooooo!!!- gritó asqueada y decidida.
-¡¡¡YA NOOO!!!- lo repitió y cuando él apareció en su habitáculo el horror se apoderó de sus manos.
El grito emergió del estómago, le trituró la faringe y lastimó la laringe.
Parecía que los dientes le iban a salir despedidos por la ferocidad del grito.
-PERRO NOOOOO- le gritaba en la cara.
El hombre retrocedió pero sólo para levantar el puño y estrellarlo en la mandíbula de la mujer que trastabillo y calló en una esquina.
¡Si, la había vomitado, ella ya no era ella!
El perro ya no estaba, se levantó y creyó que media más, unos cuantos metros más.
-PERRO YA NOOOO- gritó y se abalanzo contra el amo, rebelándose a su existir.
Ardiendo en una locura que se había estado gestando en su interior trompada tras trompada, patada tras patada. La cordura se le había hecho trizas, estaba muerta, desangrada, con golpes internos y toda meada por el susto.
Mientras se levantaba pudo verse en el reflejo de un vidrio de la ventana.
Ahora era bella, media unos cuantos kilómetros más y los ojos tenían un rojo bermellón que eclipsaba los fuegos y amainaba las almas más puercas.
-¡Perro, no!- sentenció y dio un paso adelante haciendo crujir los mosaicos y produciendo hendiduras por el peso colosal de su anatomía gigantezca.
-¡PERRO YA NO!

continuará
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