
Con los entierros compartían vivencias.
La madre les enseño a atesorar aquellos pocos momentos juntos los domingos.
De lunes a sábado: el colegio, trabajo, deportes, amistades, reuniones, colegas, camaradas y demás ocupaciones no les permitía pasar más tiempo como familia.
Por tal motivo, los domingos hacían velorio de 1 hora a cajón cerrado y entierro, todo ese mismo día, con café y masas de por medio, charlas amenas, sonrisas cómplices, halagos varios. El café era ahora que los hijos estaban grandes, ¡Teresa no era mala madre! Mientras fueron chicos era chocolatada con vainillas.
Durante la semana se recolectaba lo que moría y se lo guardaba hasta la llegada del día indicado: dientes de leche que caían, cabello cortado, pedazos de uñas, a Lucas a los once le extirparon el apéndice pero como no lograron recuperar el órgano se hizo un funeral simbólico con 300 gramos de carne picada comprada en la carnicería de la equina.
Cuando el gato les murió un lunes lo guardaron en el freezer hasta el domingo, pero metido en tres bolsas de consorcio para no contaminar la comida que se guardaba ahí ¿ya les había dicho que Teresa no era mala madre? ¡Ella cuidaba esos detalles!
Cuando Rodolfito le contó que había perdido su virginidad, ese domingo se sepultó un frasquito con sangre, por la inocencia perdida. Se la extrajo con la ayuda de varias jeringas (y de Lucas que tuvo que sostener a su hermano que se negaba a donarla), luego por supuesto un desayuno suculento para que no se sintiera débil durante el día.
¡Teresa era buena madre!
Rodolfo fue el primero en casarse y abandonar el hogar, por alguna extraña razón le confesó a su progenitora que no continuaría con la tradición de los entierros dominicales con sus hijos.
Lucas se puso de novio al año siguiente y el domingo previo a su boda, Teresa les pidió a sus hijos que asistieran al último funeral familiar.
Había sido una buena madre y ahora el nido quedaba vacío.
El domingo a la mañana ingresaron temprano al hogar y se recostaron los 3 en la mesa, con las manos unidas en el pecho y tres sillas vacías como acompañantes. Lucas fue el primero en protestar. Teresa era buena madre y no permitía desobediencias ni atrevimientos, una bofetada bastó para que se recostara de nuevo.
A las tres de la tarde se abrió la puerta y salieron los hijos.
Atrás quedó la madre recostada en la mesa.
Teresa había sido buena madre y los crió bien.
Pero los hijos siempre se rebelan al final. Ninguno se dignó ni siquiera a enterrarla.
Cuando les pidió a cada uno el semen que su útero agonizante necesitaba para poder procrear una nueva descendencia, y se levantó la pollera gris y amplia mostrando la falta de ropa interior... ¡ellos! como los malos hijos en que la vida los convirtiera se negaron, desobedeciendo a los mandatos matriarcales y se levantaron furiosos sublevándose a los designios.
-¡Vieja sucia!- gritó uno antes de levantar la mano.
¡Pobre Teresa, ni un funeral decente se le dio!
El gato que suplantó a aquel muerto y congelado se la terminó por comer, no sin antes invitar a varios de sus congéneres al festín.
Durante la semana se recolectaba lo que moría y se lo guardaba hasta la llegada del día indicado: dientes de leche que caían, cabello cortado, pedazos de uñas, a Lucas a los once le extirparon el apéndice pero como no lograron recuperar el órgano se hizo un funeral simbólico con 300 gramos de carne picada comprada en la carnicería de la equina.
Cuando el gato les murió un lunes lo guardaron en el freezer hasta el domingo, pero metido en tres bolsas de consorcio para no contaminar la comida que se guardaba ahí ¿ya les había dicho que Teresa no era mala madre? ¡Ella cuidaba esos detalles!
Cuando Rodolfito le contó que había perdido su virginidad, ese domingo se sepultó un frasquito con sangre, por la inocencia perdida. Se la extrajo con la ayuda de varias jeringas (y de Lucas que tuvo que sostener a su hermano que se negaba a donarla), luego por supuesto un desayuno suculento para que no se sintiera débil durante el día.
¡Teresa era buena madre!
Rodolfo fue el primero en casarse y abandonar el hogar, por alguna extraña razón le confesó a su progenitora que no continuaría con la tradición de los entierros dominicales con sus hijos.
Lucas se puso de novio al año siguiente y el domingo previo a su boda, Teresa les pidió a sus hijos que asistieran al último funeral familiar.
Había sido una buena madre y ahora el nido quedaba vacío.
El domingo a la mañana ingresaron temprano al hogar y se recostaron los 3 en la mesa, con las manos unidas en el pecho y tres sillas vacías como acompañantes. Lucas fue el primero en protestar. Teresa era buena madre y no permitía desobediencias ni atrevimientos, una bofetada bastó para que se recostara de nuevo.
A las tres de la tarde se abrió la puerta y salieron los hijos.
Atrás quedó la madre recostada en la mesa.
Teresa había sido buena madre y los crió bien.
Pero los hijos siempre se rebelan al final. Ninguno se dignó ni siquiera a enterrarla.
Cuando les pidió a cada uno el semen que su útero agonizante necesitaba para poder procrear una nueva descendencia, y se levantó la pollera gris y amplia mostrando la falta de ropa interior... ¡ellos! como los malos hijos en que la vida los convirtiera se negaron, desobedeciendo a los mandatos matriarcales y se levantaron furiosos sublevándose a los designios.
-¡Vieja sucia!- gritó uno antes de levantar la mano.
¡Pobre Teresa, ni un funeral decente se le dio!
El gato que suplantó a aquel muerto y congelado se la terminó por comer, no sin antes invitar a varios de sus congéneres al festín.

