Monstruos que retozan en este sitio:

miércoles, 14 de abril de 2010

TODO POR AMOR (primera parte)


No entendía tamaña suerte.

Estaba sentada frente al mercado, en un sucucho de mala muerte, tomándose una cerveza helada y lo vio pasar.

No esperaba verlo ese día y por esos lugares.

Él siempre tan pulcro, con ese cabello rubio y semi ondulado, con esos ojos color miel y vestido con traje y corbata.

Camisa blanca, corbata oscura, piel clara, la exégesis de la perfección.

Se limpió la boca con la manga de la camisa porque creía que se estaba babeando pero de todas maneras no había otra forma para contemplarlo. Con la boca abierta y un hilo de baba cayendo en la mesa.

Levantó su cuerpo pesado y le hizo señas al mozo de que ya volvía. El muchacho la conocía y sólo le hizo un ademán de asentimiento.

Se limpió un poco las manos roñosas sobre el pantalón gastado y se pasó los dedos por el pelo ondulado, grueso y amarronado, arrastrando nudos.

Se sintió el olor de la remera a la altura de la axila y apestaba, pero quería verlo de cerca y que él la viera.

Cruzó corriendo, él estaba parado en el cordón de la vereda esperando el rojo para cruzar, ella se detuvo dos pasos detrás de él y cerrando los ojos... lo olió suavemente.

Olía a placer.

Se puso a su lado y lo miró.

El muchacho rubio, tal vez llamado por aquellos ojos se dio media vuelta, la miró y le sonrió.

El semáforo dio el pase y continuó.

La mujer robusta, desalineada, sucia y poco afable quedó suspirando en una nube de ensueños.

¡Le había sonreído! ¡él ya sabía que ella vivía!

Ahora faltaba que supiera que existía sólo por él y para él.


continuará

jueves, 8 de abril de 2010

¿QUIEN NO TE DEJA DORMIR?


Mira en el bolsillo de su chaqueta y sonríe. Mete la mano y la saca.
Sonríe.
El bolsillo tiene un seguro, prende el botón, teme que se sienta aprisionado, lo vuelve a desprender. Abre el bolsillo, mira, sonríe. Lo deja semi abierto.
Llega al bar y se sienta en la barra que da a la calle ante un ventanal inmenso por donde entra el sol. Se siente espléndida. Esa tarde es aun más bella que el sol.
Se acerca el mozo y le pide una coca cola con hielo, lo piensa y se retracta... mejor una naranjada.
Abre el bolsillo de la chaqueta y mira.
Suspira.
Sonríe.
El mozo se acerca y no puede más que sonreír al ver tan espléndido rostro en aquella mujer.
-Estoy de festejo- le aclara
-¡Me parece muy bien! ¿y puedo saber que festeja?
-Hace una semana que no puedo dormir, me despierto en mitad de la noche con ruidos en la casa. Primero pensé que eran pasitos, como de rata, diminutos y poco audibles, pero que llegaban a despertarme y me molestaban.
Opté por poner veneno en cada rincón y al principio creí que me había librado de ella porque las raciones desaparecían al día siguiente. Pero los sonidos persistían.
A los dos o tres días ya eran como saltitos alrededor de mi cama, luego me despertaba destapada con las sábanas en el piso, tiritando de frío.
Me levantaba, prendía la luz y buscaba, pero nada... siempre nada.
La mas absoluta soledad y silencio cuando el foco iluminaba la habitación.
El sexto día me acosté preparada y cuando los sonidos comenzaron, prendí la linterna que había escondido entre las colchas y pude ver algo extraño que se metió bajo la cama.
Tuve miedo. ¡Dios sabe que me temblaba el cuerpo cuando miré bajo la cama!
Pero sólo había una remera tirada que nunca hice a un lado porque me parecía ridículo que hubiese algo allí. Una rata si. Pero lo que había visto distaba mucho de ser un roedor.
Desde ese momento, todo cambió. Creo que se sintió ofendido por haber sido burlado y visto. Todo lo que cocinaba me hacía mal y estoy casi segura que es porque me envenenaba los condimentos. Me quería matar. Pero fui mas lista que él y esta tarde lo capturé. Casi pierdo los ojos, si no fuera por los lentes creo que me los hubiese comido.

El mozo la miraba incrédulo sin saber si reír o llamar a seguridad.
-¡Qué buena historia! ¿Quiere algo más con su naranjada?
-¿No me crees?
-¿Debo hacerlo?- rió él de buena gana.
-Lo tengo en mi bolsillo... es un duende. El muy maldito que no me dejaba descansar... era un duende.
-Quiero verlo- la desafió
Ella frunció el seño y apretó la mano contra el bolsillo de su chaqueta.
-Podría ser peligroso.
El mozo largó una carcajada y volvió a su labor.
A los 15 minutos se dio cuenta de que ella ya no estaba y había dejado el pago junto al vaso vació.
Se acercó a levantarlo y encontró una servilleta doblada en varias partes con una notita que decía "CUIDADO CON EL DUENDE QUE A MI POR POCO Y ME MATA"

Con una sonrisa pícara desdobló el papel y un ser diminuto le salto a la cara con los dientes puntiagudos listos para devorarle los ojos.

miércoles, 31 de marzo de 2010

CÁNDIDA (final)


Al día siguiente, cuando el cuerpo de un joven horriblemente mutilado, fue encontrado en las cercanías de aquella calle, las historias y los oyentes se multiplicaron.
Cándida falta al trabajo, aquella mañana el cansancio la mantiene casi adormecida. Su madre preocupada intenta hablar con ella. No la había escuchado llegar la noche anterior y no entiende porque el vestido está en un fuentón con agua y lavandina, ya todo descolorido.
Cerca del mediodía la joven se sienta en el patio e intenta recordar.
Todos hablan sobre el muchacho muerto, encontrado sólo a 5 cuadras de su casa. A simple vista parecía el ataque de un animal y especulan con toda clase de criaturas de origen misterioso. La escena del crimen muestra, al ojo experimentado del policía, que las mordidas no son de un animal… pero lo ocultan para evitar un pánico mayor.
Cándida está sentada en la silla sin cuidar su postura. Todo el cabello enmarañado. Su madre la mira desde la ventana sin atreverse a acercarse.
No entiende lo que su corazón le dice. Algo en ella le grita que aquella mujer sentada con total desparpajo, no es su hija. Pero se niega a escuchar los murmullos en su interior y se limita a mirarla preocupada.
Cándida ha intentado recordar lo sucedido desde que vió aquella luz, pero hay sucesos que vienen a su mente y no comprende lo que son. Levanta la mano y se toca el mentón. Le duele la mandíbula.
Hay una imagen que la atormenta y una sensación de agresividad animal que la agobia. Por ratos recuerda a un joven, lo ve gritar y levantar el brazo para protegerse. Cándida pasa el día debatiéndose entre aquella sensación de culpa y remordimiento y el extremo antagónico de total indiferencia.
A las dos y media de la madrugada sale de la casa, con su camisón blanco de flores rosas y sus pantuflas de goma. Camina hasta el claro del monte. No hay rastros de las mujeres ni de la ceremonia.
Se sienta en el lugar exacto donde la noche anterior aquella extraña luz la tomó y se fusionó con su interior.
Se clava las uñas en los brazos y se los rasguña dejando largos y delgados hilos de sangre, ha estado haciéndolo durante todo el día y los rasguños nuevos se entremezclan con los que ya quieren cicatrizar.
Mira al cielo y queda expectante, el rostro distorsionado, la boca abierta, la tez pálida… está ojerosa.
Sin bajar la mirada capta con la mano una araña que corre junto a ella y con un movimiento ligero la mete en la boca y la mastica, a través de la morena piel se nota como el arácnido pasa por la traquea.
Baja la mirada perdida.
Cándida tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas le recorren el rostro, acerca el brazo a la boca y comienza a morderlo dejándose marcas ensangrentadas, algunos círculos sin piel.
¡Cándida está cambiada!
Hay sólo una pequeña fracción de aquella mujer dentro de aquel cuerpo y por ratos aparece, el ser que ha tomado su alma la deja salir para que sienta el dolor de la carne. Para que vea como se consume la vida que antes rebosaba en su piel.
Cándida aflora y llora. Los músculos no responden. Ha pasado de ser espectadora a victima torturada. Vuelve a levantar el rostro y mirando el cielo sonríe. Ya no es la mujer amorosa, la entidad oscura ahora la suplanta. Ama la noche, la oscuridad, no hay luna ni estrellas y una suave llovizna la estremece de gozo.
Escucha los pasos de un hachero, el hombre en busca de leña ha querido recortar camino y regresa por ese claro.
Cándida voltea el rostro y una sonrisa extraña deja entrever los dientes rotos y las encías sangrantes. Los pasos se acercan, ella espera serena.Es su noche de suerte.



…..



He querido dejar el cuento a esta altura para que el lector imagine el final.
¿He querido dejarlo o ya no puedo continuar?
Ineludible o involuntariamente a mis personajes siempre les otorgo una parte de mí.
Son nacidos de mi alma.
Creados por mi mente.
Concebidos en pliegos de papel y tinta, entre mis manos.
Cándida no fue la excepción…
…He decidido dejar el final librado a vuestra imaginación.
¿He decidido hacerlo o es que ya no puedo continuar?



Debo descansar, guardaré el cuaderno y me iré a recostar, hoy el cansancio me roe los huesos… las uñas me sangran y me duele la mandíbula.

martes, 30 de marzo de 2010

CÁNDIDA (primera parte)


Comencé a escribir el cuento dos días atrás, por lo general, cuando tengo una idea la construyo mentalmente y me siento a escribir sin levantarme hasta haberla terminado.
Pero ésta es especial, me llevó más tiempo.
Cuando comenzaba terminaba exhausta y debía tomar descansos cortos. Luego perdía el hilo del relato y no seguía en el momento.
Escribir un cuento, es para mí, un momento de concentración y metamorfosis. Siempre termino identificándome con su protagonista. Será porque a mis personajes siempre les pongo algo de mí, tal vez una lágrima, una sonrisa, un pensamiento o una manera de sentir…
Y esta no fue la excepción.

……

La historia trata sobre Cándida, una joven de dieciocho años, dulce, serena.
La muchacha de tez morena regresa a su casa tarde, de noche, el camino bordea una zona montuosa. Cándida no tiene miedo. Vive allí con su madre, desde que tiene uso de la razón. Todos se conocen y protegen.
Pero aquella noche algo llamó la atención de la morena joven y hace algo que nunca hizo o hubiese hecho de haber tenido el tiempo suficiente como para pensarlo: cruza la calle y se interna en el monte, una luz brillante la atrae… la llama.
Cándida está cegada por la belleza de aquella imagen, está perpleja, obnubilada.
Cándida ya no piensa, sólo camina abriéndose paso entre la maleza hacia esa magnífica y embrujadora aparición.
No escucha las voces.
La luz va tomando una forma extraña a medida que se acerca, a su alrededor. Hay cinco mujeres vestidas con mantos negros, están arrodilladas y recitan algo, alguna grita de vez en cuando y levantan los brazos en perfecta armonía.
Cándida pasa a través del círculo sin mirarlas.
Una de las mujeres reacciona violentamente y se tira sobre la joven, algo la detiene, se estrella contra una muralla invisible y cae a la tierra con la nariz ensangrentada.
Las otras mujeres gritan aterradas.
Dos de ellas huyen despavoridas sin ayudar a la herida.
Cándida ha ingresado a la luz y una fuerza sobrehumana la levanta manteniéndola unos segundos en el aire y la arroja unos metros fuera del círculo, cae pesadamente sobre unas ramas y queda inconsciente unos cuantos segundos más.
Cuando abre los ojos está sola en ese claro del monte. Siente calor. El cuerpo arde. Corre unos metros guiándose por los sonidos del escaso tráfico que se maneja por aquellos lugares.
Al llegar a la calle un muchacho la ve salir del monte y comienza a seguirla, le propone obscenidades mientras se desplaza dos pasos por detrás de la mujer.
Cándida se siente distinta.
Cándida se siente ajena a esa situación.
La está viviendo como espectadora. La protagonista es alguien a quien ella no conoce e ignora porque domina su cuerpo.
Cándida se da media vuelta y le sonríe.
Reduce la velocidad y una vez más se interna en la zona montuosa. Girando el rostro para mirarlo, sonriendo insinuante.
El grito de el muchacho no se escuchó porque en realidad fue un resoplido, una especie de suspiro.
En cambio, al rugido del animal, lo escucharon varios.
Una mujer que barría la vereda a casi una cuadra de ahí, tiró la escoba y entró persignándose.
Un hombre que pasaba en su bicicleta apuró el ritmo con un escalofrío que le trepaba por la espalda.

miércoles, 24 de marzo de 2010

LA LLAVE


En el claro del bosque se realizaba la ceremonia, lo llamaron, se levantó con orgullo y fue a recibirlo.
Cuando lo tuvo entre las manos huyó hacia las profundidades de la espesura así como todos aquellos que habían recibido la llave.
En el camino se paró un rato, agitado se apoyo en el añoso tronco a recuperar el aliento y recién allí pudo verla.
Era una llave antigua, enorme, con arabescos en la empuñadura y una especie de chapa con un escudo en el medio.
Le habían hablado del premio meme pero nunca imaginó que en algún momento podía tenerlo entre sus manos. La responsabilidad era una posta que debía ser pasada a los que el creía merecedores de sus copias.
.
.
El celular sonó y Escarcha se levantó de su sofá negro de mala gana, cuando lo tomó y leyó el mensaje el rostro cambió. ¿Era posible? ¿Esto podía estar sucediendo? ¿La estaban llamando a ella?
Tomó del baúl su capa negra y abriendo la puerta roja escapó de su recinto protector y se adentró en el mundo de los humanos para poder responder el llamado de su camarada creador.
No recordaba bien el camino, estaba en la entrada del bosque y tenía que ser fiel a aquel llamado.
Sus espíritus protectores habían quedados guardados en el ataúd del sótano y no soportaba la idea de despertarlos para que la acompañasen.
Sentía que las amistades a las que encontraría en esta odisea eran solo para ella. Odiaba compartirlos, se convertía internamente en una diosa ante sus presencias. Sentía que escapaba de la tumba y por un instante podía ser parecida a ellos.
.
.
Madroca mandó los mensajes y entró al recinto haciendo chillar el portón y dejándolo abierto para sus invitados.
A medida que llegaban les iba avisando del porque del llamado y entregaba las llaves.
Cuando Escarcha llegó Malena salía sonriente, el sólo hecho de percibir su sonrisa hizo que el miedo a la soledad del bosque se eclipsara. Fingió un tropiezo y la rozó, necesitaba tocarla y saberla cierta.
Musaraña estaba con Madroca recibiendo su llave. Cuando pudo mirarle el rostro, descubrió todos los sentimientos del mundo plasmados en aquellos ojos. Te miraba y la sola idea de tocarla te agobiaba el alma, había tanto en ella que sólo necesitabas oírla respirar.
Madroca la miró y le dio otra llave, todas juntas eran una, y cuidaban celosamente de la fuente de la inspiración.
En ella todos los hombres y mujeres de letras se bañaban cada tercera luna de cuarto menguante y purificaban las mentes para seguir cosechando la imaginación en el mundo, para que el universo pudiese seguir existiendo, para que la luna recobrace luminiscencia y el sol no dejara de abrazar con su estigma de fuego.
No podía ser merecedora. Había, seguro, alguna equivocación. Cuando la recibió, la llave venció su mano y cayó unos cuantos centímetros... pesaba... era demasiado para ella.
Madroca escucho los ruidos y gritó que corrieran. El monstruo hediondo de la rutina se acercaba y el zombie ausente de la tecnología que teñía los libros de negro y las mentes de azul reptaba cerca.
Siguió a sus amigos y cuando estos se sentaron alrededor de una fogata hecha dentro de una cabaña en el corazón del bosque, Escarcha no se permitió entrar, no se sentía merecedora de tal honor.
Madroca, Malena y Musaraña brindaban con un licor verde, Córdoba entró mirándola y Escarcha le dió una llave compartiendo el deber de protección, y cerró la puerta sentándose del lado de afuera, con las garras preparadas y los dientes rabiosos, con las espadas y las hachas afiladas prontas a proteger a sus demiurgos.
Related Posts with Thumbnails