
La mujer apagó la luz y él la prendió,
¿Quién se creía que era? No podía llegar a su morada, invadirla y decidir sobre todo como si él no estuviera ahí, como si no existiera, como si no mereciera que se le hiciera una consulta por pequeña que fuera o trivial.
Ella miró el foco y lo prendió de nuevo haciendo subir y bajar el interruptor varias veces, proclamándose reina y dueña absoluta de la luz y del momento en que debía estar prendida.
Es más, se metió en su dormitorio y se dispuso a dormir donde antes dormía él.
¿Y ahora? ¿Tenía que bajar la cabeza e ir a dormir a la cucha del perro? ¿Bajo la lluvia, el sol, la luna, el rocío o el tirano calor?
Miró las paredes, recorrió las habitaciones: el baño, el comedor, la cocina, el lavadero.
Compró la casa el día que se caso con Ana. Con Ana tuvo dos hijos que crecieron y se fueron a tejer sus propias madrigueras. Con su Ana en esa casa soporto momentos adversos y afortunados. ¡Su Ana murió entre esas paredes!
Y ahora vendrían a instalarse justo en el lugar que era suyo por derecho de vida. ¿Dejaría? ¿Dejaría que lo corrieran del espacio donde los buenos recuerdos se entrecruzaban en el tiempo y aparecían y desaparecían jugando con las dimensiones?
¡Eso no pasaría! ¡No mientras él fuera el hombre de la casa!
Abrió la puerta haciéndola estrellar contra la pared y tiró el cuadro que la nueva mujer había colgado delante de sus propias narices unas horas antes.
Ella se levantó de la cama gritando y se paró en medio.
¿Lo estaba desafiando?
Rugió con fuerza, levantando las sabanas y haciéndolas volar como aves gigantescas, por la pieza. No se desafía al dueño de casa. No se mete donde uno a vivido siempre. No se roba la intimidad, ni se daña el hogar de tantas almas.
Ella gritó aterrada y se fue, desesperada, llorando, tirando las llaves en la huida.
Se paró en la ventana y miró hacia afuera.
Ella cruzó por fuera y cuando lo miró se llevó la mano a la boca tapando un gritó de angustia.
Era hora de que lo viera.
La tercera vez que le pasaba, se instalaban y no se daban cuenta de su presencia hasta que lo hacían enfurecer.
Otros vendrían y otros se irían.
Nadie volvería a vivir en el lugar donde los tiempos se entretejían.
Su Ana cruzó de una pieza a la otra y le sonrió.
Si. Por eso era él, el hombre de la casa.
¿Quién se creía que era? No podía llegar a su morada, invadirla y decidir sobre todo como si él no estuviera ahí, como si no existiera, como si no mereciera que se le hiciera una consulta por pequeña que fuera o trivial.
Ella miró el foco y lo prendió de nuevo haciendo subir y bajar el interruptor varias veces, proclamándose reina y dueña absoluta de la luz y del momento en que debía estar prendida.
Es más, se metió en su dormitorio y se dispuso a dormir donde antes dormía él.
¿Y ahora? ¿Tenía que bajar la cabeza e ir a dormir a la cucha del perro? ¿Bajo la lluvia, el sol, la luna, el rocío o el tirano calor?
Miró las paredes, recorrió las habitaciones: el baño, el comedor, la cocina, el lavadero.
Compró la casa el día que se caso con Ana. Con Ana tuvo dos hijos que crecieron y se fueron a tejer sus propias madrigueras. Con su Ana en esa casa soporto momentos adversos y afortunados. ¡Su Ana murió entre esas paredes!
Y ahora vendrían a instalarse justo en el lugar que era suyo por derecho de vida. ¿Dejaría? ¿Dejaría que lo corrieran del espacio donde los buenos recuerdos se entrecruzaban en el tiempo y aparecían y desaparecían jugando con las dimensiones?
¡Eso no pasaría! ¡No mientras él fuera el hombre de la casa!
Abrió la puerta haciéndola estrellar contra la pared y tiró el cuadro que la nueva mujer había colgado delante de sus propias narices unas horas antes.
Ella se levantó de la cama gritando y se paró en medio.
¿Lo estaba desafiando?
Rugió con fuerza, levantando las sabanas y haciéndolas volar como aves gigantescas, por la pieza. No se desafía al dueño de casa. No se mete donde uno a vivido siempre. No se roba la intimidad, ni se daña el hogar de tantas almas.
Ella gritó aterrada y se fue, desesperada, llorando, tirando las llaves en la huida.
Se paró en la ventana y miró hacia afuera.
Ella cruzó por fuera y cuando lo miró se llevó la mano a la boca tapando un gritó de angustia.
Era hora de que lo viera.
La tercera vez que le pasaba, se instalaban y no se daban cuenta de su presencia hasta que lo hacían enfurecer.
Otros vendrían y otros se irían.
Nadie volvería a vivir en el lugar donde los tiempos se entretejían.
Su Ana cruzó de una pieza a la otra y le sonrió.
Si. Por eso era él, el hombre de la casa.



